miércoles, 4 de marzo de 2020

Más columnas de este autor Maritza Aristizábal Quintero

Imagínense, en este país si un candidato tiene el favor de los taxistas, es virtual ganador. Dirán muchos: bueno, así funcionan las democracias, si tienes los votos tienes el puesto. Pero las cuentas son otras. Los 220.486 taxis del país en votos son menos de 2%. Entonces, ¿por qué es tan importante ese gremio? Porque con él de tu lado garantizas financiación, sin él te arriesgas al bloqueo de ciudades. Además, tenerlo es simple: déjalo como está, intocable.

El escueto trato electoral trajo la dictadura de los taxistas, la misma de “yo allá no voy” o “lo llevo, pero le cobro $20.000”. Y después engendró una mafia, la de los cupos. Así funciona: desde hace años la expedición de cupos está congelada. En Bogotá hay 56.419, pese a que tiene ocho millones de habitantes, no tiene un centímetro de metro, y lo más efectivo es el Sitp, que moviliza 2,5 millones de usuarios, acomodando 6,5 pasajeros m2 ¡Cómodos 15 cm por persona!

Panorama oscuro para los ciudadanos, pero un banquete para los taxistas. Y ojo, no me refiero a conductores de taxi, que alquilan el carro por turno a $100.000. Hablo de quienes acumulan cupos como arroz y se dan el lujo inflar los precios. Los cotizan, sin pena y con gloria, en $120 millones.

Lo peor es que esos pocos enriquecidos gracias a la no regulación, no tienen recato al indignarse porque otro servicio entra al mercado. Les preocupa que la llegada de Uber, Beat, Cabify y otras les reviente la burbuja del cupo.

A Uber lo obligaron a cerrar su operación. Bueno solo por 20 días. Y ahí está el truco, porque se fue y volvió con estrategias dignas de taxistas. A su salida posó como víctima, utilizó dos millones de usuarios para atacar al Gobierno, e hizo aparecer tutelas y hasta conductores protestando. Su audaz regreso fue con un contrato de arrendamiento. ¿Recuerdan que los conductores de taxi alquilan los carros a $100.000 medio día? Pues Uber lo arrienda a los usuarios a $50.000 la hora, claro con conductor, pero saquen cuentas. Uber negocia con la anarquía.

Así que llegó la hora de ponerle freno. Hoy, quizá mientras se lee esta columna, algunos representantes redactan el proyecto que regula Apps, y desregula a taxis ¿Cómo así? Pues fue la forma de encontrar el punto medio. A los taxistas les permite tarifas dinámicas, elimina los famosos cupos y los compensa con $60 millones. A las plataformas las obliga a pagar impuestos, comprar pólizas y funcionar como transporte intermediado por App.

Es decir, todos ganan un poco. ¿Quién se opondría a la milimétrica fórmula que equilibra la balanza? Adivinen. Por un lado, algunos “empresarios” taxistas que buscan mantener el monopolio del transporte público. Por el otro lado, atérrense, Uber, que mucho se beneficia de un mercado sin reglas, sin impuestos y sin rendir cuentas.

La tarea del Congreso y el Gobierno es derrotar dictaduras y anarquías. La tarea de los usuarios es no caer en las campañas manipuladoras de Uber ni en las amenazas coléricas de los taxistas.

P.D. Sobre la demanda de Uber contra Colombia, el Gobierno dice que ya no tiene sustento. Cree que el regreso de la plataforma demostró que no hay trato discriminatorio ni se viola la legítima confianza.