Analistas

La segunda Patria Boba

1957 fue un año particularmente interesante en la historia de Colombia. Tras los años de La Violencia, finalmente los máximos dirigentes políticos, Laureano Gómez y Alberto Lleras, se pusieron de acuerdo y firmaron un Pacto Nacional a mediados del año. Repito: los máximos dirigentes políticos se pusieron de acuerdo. Ese pacto desembocó en un plebiscito votado en diciembre en el que votaron por primera vez las mujeres. La participación, a pesar de que cerca de un tercio de la población aún era analfabeta, fue cercana a dos terceras partes. El plebiscito pasó con una abrumadora mayoría: el 94% de los votos lo respaldaron.

La paz que buscaba el plebiscito se manifestó en una caída en la tasa de homicidios de casi 50%. Pero esa paz refrendada por tantos millones también traía las semillas de un conflicto que habría de germinar pronto y durar al menos medio siglo: allí nació el Frente Nacional donde los partidos dominantes se repartieron por doce años, que luego extendieron a 16, todo el poder y la burocracia. La exclusión del poder de ideas alternativas ha sido para muchos fundamental para entender el nacimiento y expansión de los grupos guerrilleros. 

En 2016 los colombianos votamos de nuevo por un plebiscito, uno que pondría fin a la actividad violenta del grupo guerrillero más grande. En contraste con 1957, esta vez casi dos terceras partes de la población habilitada no votaron. Entre los que se presentaron a las urnas, los votos se repartieron a mitades casi iguales entre el Sí y el No. 

Un mes y medio luego del fracaso electoral, el gobierno y las FARC han llegado a un nuevo acuerdo que incorpora buena parte de las propuestas de los autoproclamados voceros del No. La refrendación del nuevo acuerdo es ahora el meollo: si los del No lo apoyaran podría haber un plebiscito con una victoria como la de 1957, con un país marchando al unísono por un objetivo común. Pero como los de No no se van a subir al bus de la paz, el gobierno irá al Congreso en busca de la refrendación. 

Preocupa, sin duda, que la legitimidad del acuerdo aprobado de esa manera sea mucho más frágil que si hubiera sido refrendado en las urnas. Preocupa que destruir o desconocer el acuerdo, montados en la animadversión que producen las Farc en la mayor parte de la población, sea un caballito de batalla eficiente en las justas electorales futuras. 

Preocupa y mucho, que los mensajes que venden la idea de que el acuerdo es un conejo, le dan alas a la mano negra que de nuevo se sentirá políticamente legitimada para sacar a relucir las estrategias caníbales que llenaron de horror al país en el pasado. Entristece saber que las únicas reformas de fondo que había en el acuerdo, las relacionadas con tierras y desarrollo rural,  serán imposibles de implementar si la mano negra queda envalentonada. Duele temer que todos estos elementos juntos no acaben el conflicto sino que rebauticen a sus protagonistas. 

Está difícil ser optimista. Quizás estamos inaugurando una nueva era, una segunda Patria Boba. A diferencia de Lleras y Laureano, nuestros dirigentes del siglo XXI no se pudieron poner de acuerdo. Si hubiera un Nobel a la mezquindad y la pequeñez, ya tendríamos un tercer galardón. Ojalá me equivoque y en un par décadas podamos decir que así como la paz con consenso de 1957 traía las semillas de otro conflicto, la paz con disenso de 2016 tenía un conejo imaginario que se las comió.