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Ingeniería social

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Los colombianos asistimos por estos días al intento anual por solucionar de un tajo todos los males que nos aquejan. En esta ocasión la fuente de todos los males es la forma como se elige a los magistrados de las altas cortes y en la que se juzga penal y políticamente a aquellos que ostentan las más altas dignidades del Estado. Vemos de nuevo cómo nuestros congresistas, ministros y otras mentes brillantes se desgañitan en su ejercicio anual de ingeniería social, en el perfeccionamiento idílico y casi romántico de detalles institucionales. Para el circo de 2015 hemos recibido la actuación especial del magistrado Pretelt que ha sazonado los ingredientes que cada año por esta época alistamos para este circo. 

Así, nuestro congreso debate un día sobre quién elige a magistrados y por cuánto tiempo, al otro piensa si el vicepresidente debía o no poder lanzarse a la presidencia, luego las neuronas se enfocan en si no sería mejor tener un sistema parlamentario en lugar de uno presidencial, luego hay la tradicional rasgadura de vestiduras sobre la comisión de acusaciones de la Cámara de Representantes que deriva en infinitas propuestas sobre cómo reformarla, luego alguien nos recuerda que el meollo está en el consejo de la judicatura que debe ser eliminado y rematamos volviendo a debatir si la reelección presidencial es o no una buena idea. 

Y claro, como las grandes mentes del Estado, sus críticos y seguidores, están eternamente ocupados en la grandilocuencia del perene rediseño de los detalles institucionales, no hay tiempo para pensar en pequeñeces. Por ejemplo, que cada día 67.000 bogotanos se cuelen en el sistema de transporte sin que las autoridades puedan hacer algo al respecto, no es una preocupación para nuestros ingenieros sociales. A ninguno se le pasa por la cabeza debatir un sistema de multas para los infractores acompañado de sanciones penales para reincidentes. (Piensen por un segundo en el número citado: 67.000 personas. Es como si cada día todos los habitantes de San Andrés y Providencia se colaran en el sistema). Tampoco hay tiempo para legislar para que los ladrones de celulares que azotan a miles de colombianos a diario no salgan a delinquir al día siguiente de ser capturados en los pocos casos en que esto último ocurre. Esa pequeñez, que afecta a un millón de colombianos al año, jamás llega a las ocupadas mentes de nuestros ingenieros sociales. Tampoco hay tiempo para preguntarse por qué Bogotá, con un presupuesto de $17 billones, tres veces el presupuesto de una ciudad como Barcelona, no es capaz mantener sus vías en un estado decente. O, para que no me respondan algunos amigos del estribillo según el cual Bogotá invierte en cerebro y no en cemento, ¿por qué no hay tiempo para preguntarse por qué en un ciudad tan rica sigue habiendo miles de habitantes de la calle? Tampoco está en el tintero legislativo y pareciera que tampoco en el ejecutivo, repensar el sistema pensional que deja sin ingresos de este origen a tres cuartas partes de los jubilados. 

Podría seguir por párrafos y párrafos enumerando pequeñeces que no abordará el debate nacional. Las grandes mentes que lo dirigen están ocupadas en la ingeniería social empujada por el motor de la indignación. Los millones que sufrimos con otras pequeñeces admiraremos otro año más su elocuencia y erudición. También lamentaremos, otro año más, la ausencia en ellos del que es tal vez el talento más importante en alguien que quiera realmente sembrar semillas de progreso: el talento de hacer y hacerse las preguntas correctas.
 

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