En las películas de acción de los años ochenta cuando se quería mostrar a un gobierno firme y resoluto ante la extorsión de un grupo de maleantes, el presidente de mentiras miraba firmemente a su interlocutor y le anunciaba que su gobierno no negociaría con terroristas. En ese momento entraba en escena Chuck Norris, Stallone o Bruce Willis, salvaba el mundo, destruía a los malos y se quedaba con la chica.

La realidad, lamentablemente, es más complicada. Gobernar es el arte de lo posible y muchas veces se hace necesario dialogar y negociar con toda clase de personajes detestables, entre ellos, dictadores, terroristas, asesinos y narcotraficantes, si se quiere lograr un objetivo superior como la paz, la estabilidad o la tranquilidad de una sociedad.

Obviamente que hay límites y, obviamente, habrán circunstancias en las cuales las soluciones negociadas no son posibles. Habrán limitaciones legales, morales y prácticas, como también habrán personajes con los cuales el diálogo es imposible porque, simplemente, nunca van a cumplir con lo acordado. Hitler en Múnich se viene a la mente.

Pero en general, establecer grandiosas declaraciones de principios donde un gobierno se niega a rajatabla a conversar con los enemigos porque le caen mal o porque son malvados o porque son unos criminales o porque han realizado toda suerte de fechorías no es muy útil. Por lo menos en lo que tiene que ver con la política pública aunque, reconozco, que ese tipo de frases sirven para llenarse la boca en los discursos y en los debates de campaña y son efectivas con buena parte de los electores que han recibido su dosis de heroísmo fílmico por parte de Hollywood.

El problema es que la retórica del macho alfa suele ser contraproducente. Al gobierno de Maduro no le quedaron horas después de que Bolton pintoreteó una amenaza de envío de tropas de Venezuela en un bloc de notas; el ELN ha seguido creciendo y multiplicándose en las zonas donde hacían presencia las Farc; el Clan del Golfo y sus socios mexicanos se han convertido en un estado paralelo en buena parte del pacífico colombiano.

Hace bien el presidente Duque en dejar a un lado el discurso del “cambio de régimen” y replantear la posibilidad de un diálogo en Venezuela para que se ponga en marcha una transición política, como lo propuso hace varios meses el expresidente Santos.

Ojalá se pudiera reiniciar un nuevo intento de negociación con el ELN o por lo menos con alguna fracción de esa organización y se requieren estrategias innovadoras para quitarle la base social y económica a las bandas criminales que se nutren de la ausencia del estado en las regiones. La completa implementación del acuerdo de paz firmado con las Farc, no solamente lo referente a la reincorporación de los combatientes, es un camino en la dirección correcta.

“Cuando los hechos cambian, yo cambio de opinión”, decía famosamente Lord Keynes. Cambiar de opinión cuando cambian las circunstancias es de estadistas, persistir en lo que no funciona es de tercos.