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Analistas 03/03/2021

Los neocaudillos

Hay un libro reciente, -recomendado hace algunos años, inclusive, por el propio Bill Gates- titulado “El Mito del Líder Fuerte”, o ese, por lo menos, es su título en inglés traducido al español. Esta publicación, básicamente, elogia a los gobernantes en apariencia débiles, que colaboran, delegan y negocian; aquellos que parecen intrascendentes porque saben que no tienen todas las respuestas y que necesitan de los demás -así piensen muy diferente a ellos-para obtener resultados.

El prototípico líder no fuerte -que no quiere decir, líder débil- fue Adolfo Suárez, el primer ministro español después de la muerte de Franco. Fue designado por la élite franquista para, precisamente, mantener el statu quo del régimen. La idea era que la cara fresca de Suárez, su reputada inexperiencia y su superficialidad sirviera para lavarle la cara a la dictadura sin que esta tuviera que soltar los hilos poder. Pero Suárez resultó otra cosa. Con habilidad y convicción desmontó el franquismo e introdujo la democracia a España, para lo cual tuvo que pisar muchos callos, tragarse muchos sapos y acostarse con muchos extraños compañeros de cama.

Al final todos odiaban a Suárez: los franquistas, los socialistas, los comunistas, los militares, los monarquistas, los católicos y cualquiera que pudiera hablar y caminar. Hasta le intentaron hacer un golpe de Estado del cual se cumplieron hace poco cuarenta años. Pero, si la España moderna tiene un padre, ese es Suárez.

Hay muchos líderes débiles que han sido grandes líderes: Gorbachov, Lech Walesa, Lyndon Johnson, Frederik de Klerk y Deng Xiaoping. Personas que no tuvieron ningún problema en cambiar de opinión, en escuchar, en hablar con sus enemigos y en concertar soluciones. Todos, de una manera o de otra, pagaron un altísimo costo personal por su audacia.

El liderazgo caudillista, que tanto embelesa a los latinoamericanos, es el opuesto del líder débil, pero trascendente. El caudillo latinoamericano, el de los discursos de balcón, las cabalgatas, las medallas o la falsa modestia, las interminables sesiones televisivas, las alegorías a los próceres y a la patria, el que dice que habla por el pueblo o que es el pueblo encarnado, ese es el adicto al poder. Su objetivo no es cambiar lo que venía antes -eso nunca le ha importado, los caudillos rara vez son conservadores-, sino perpetuarse a sí mismos.

Ejemplos de la historia hay muchos, pero los que más preocupan no son lo que se han ido sino los que están, como el proverbial dinosaurio, ahí: Maduro, Ortega, Castro, Kirchner y los que, según muchos, están en fila, como el joven Bukele. O los que aspiran: Gustavo Petro, Correa (nuevamente), Evo (si lo dejan), y los que no sabemos, los que todavía tienen presencia de un dígito en las encuestas en Perú y Chile pero que, con buena labia y pocos escrúpulos, sueñan con emularlos. Esos son los neo caudillos, los herederos posmodernos de Perón, Trujillo, Juan Vicente Gómez, Papa Doc, Porfirio Díaz, Velasco Alvarado, Batista y todo ese panteón de hombres fuertes que hablaron mucho, pero poco o nada hicieron por su gente.