“Tuvimos que destruir el pueblo para salvarlo” fue como le explicó el mayor Phil Cannella al reportero Peter Arnett las acciones de sus hombres durante la batalla de Ben Tre, acontecida el 31 de enero de 1968 en Vietnam.

Ahora, después de vivir en Colombia la cuarentena más larga del planeta, nuestros mandatarios nacionales y locales parecen invocar el espíritu de Ben Tre para salvar al país destruyéndolo.

La evidencia -ya abrumadora- de que (i) la pandemia no se logró controlar a tiempo, (ii) la destrucción del tejido empresarial es inmensa y (iii) las consecuencias sociales del encierro extendido, sin un muy claro beneficio sanitario, serán brutales, no ha sido obstáculo para que ministros y alcaldes, por un lado, ordenen el confinamiento y amenacen con castigos terroríficos a quienes lo incumplan y, por el otro, lean decenas de excepciones a la orden impartida, no sin antes explicar alguna metodología absurda y confusa (pico y genero, peso corporal, preexistencias, edad y hasta distribución geográfica) para determinar si el ciudadano puede o no salir a la calle a comerse un helado o cortarse el pelo.

La destrucción del sector terciario del país por cuenta de unas medidas sanitarias mal diseñadas y mal aplicadas puede que les de a los políticos que las promueven un sosiego temporal, como al mayor Cannella y sus hombres, que dispararon en la batalla de Ben Tre 20.000 granadas perforantes de 40 mm, destruyendo treinta edificios, casi 5.000 casas, tres búnkeres, una canoa y una fábrica de ladrillos con el loable objetivo de evitar que la población cayera en manos enemigas.

Es lo mismo que el cierre del aeropuerto El Dorado, medida innecesaria a estas alturas de la pandemia: con nuestras altas tasas de contagio comunitario, el problema ya no es que lleguen infectados de fuera, sino que nosotros enviemos infectados al exterior. Sin embargo, para demostrar firmeza y compromiso, insistimos en prohibir los vuelos sin importar la tragedia laboral y social que la medida encierra. Parecería que estamos cumpliendo un ritual de flagelantes medievales, pero en el siglo XXI: causemos todo el dolor económico que podamos para expiar nuestros pecados y lograr la salvación y la vida eterna.

Quizás no había mucho qué hacer y el confinamiento prolongado era lo más indicado para contener la enfermedad, sin embargo, los platos rotos de la economía alguien tendrá que pagarlos. Pasado el pico de la emergencia sanitaria vendrá el largo pico de la emergencia económica. Ya veremos en un par de meses, cuando sea evidente la destrucción generada por la extensión de la cuarentena, a los políticos buscando chivos expiatorios.

Ojalá que estos políticos, quienes son al final del día los únicos responsables de las decisiones que tomaron, no escurran el bulto. Fueron ellos, los mandatarios del nivel local y nacional, quienes decidieron, como el mayor Cannella, que había que disparar los cañones para salvar el pueblo. Ahora serán ellos quienes se deben arrodillar a recoger los pedazos.