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Analistas 24/02/2021

El elogio de la clase

“Si todas las naciones latinoamericanas tuvieran una clase política semejante a la de Colombia, otro sería el destino de ese continente” escribió Mario Vargas Llosa en una reciente columna en El País. Esta frase fue recibida con el consabido cinismo entre los opinadores colombianos y con franca repulsión entre las hordas que habitan las redes sociales.

Si todas las naciones latinoamericanas tuvieran una clase política semejante a la de Colombia el continente, en su opinión, sería una mar de sangre y lagrimas, de despilfarro, hurto y odio, de tristeza y desesperanza.

Lamento disentir de este consenso anómico, tan de moda en salones sociales (cuando existían), en los foros digitales y en las columnas de opinión. La clase dirigente colombiana, aunque ha cometido importantes errores -entre ellos el de abandonar la periferia del país mientras se encerraba en las ciudades pretendiendo vivir en civilidad- tiene muchas cosas para sentirse orgullosa.

Lo primero es que la clase dirigente colombiana es mucho más heterogénea de lo que el mito anómico dispone. La clase dirigente no es un señor sentado en un sillón de cuero con un vaso de whisky como sugieren las divertidas, pero, en últimas, anacrónicas caricaturas de Caballero. La alcaldesa de Bogotá es una mujer lesbiana de clase media; el alcalde de Cali, el hijo de un guerrillero marxista; el de Medellín, un “self made man” (con todo lo que eso significa) y el de Cartagena, un migrante, solo para mencionar algunos. Y, a estas alturas, es más clase dirigente Gustavo Petro, quien lleva un cuarto de siglo en el Congreso, que un descendiente de cuarta generación de un expresidente caucano.

Por otra parte, cuando se miren los últimos veinte años desde la cómoda perspectiva de la historia, las rencillas personalistas entre expresidentes se verán como berrinches de poderosos, algo así como las peleas entre ospinistas y alvaristas a mediados del siglo pasado. Lo cierto es que en los últimos tres gobiernos la continuidad ha sido mucho mayor que la ruptura. Sin el plan Colombia, la seguridad democrática hubiera fracasado, sin la seguridad democrática el proceso de paz con las Farc no hubiera sido posible y, sin el proceso de paz, Duque se hubiera visto obligado a pelear una guerra para la cual estaba temperamentalmente indispuesto.

Puede que se trate de un caso de en-el-mundo-de-los-ciegos-el-tuerto-es-rey, pero Vargas Llosa tiene razón. Colombia es un país que se ha venido a más durante las últimas décadas, sobre todo si se compara con sus pares tradicionales como Venezuela, Argentina y Perú. Esto se debe, en buena parte, a que su clase dirigente se ha renovado, ha respetado las reglas democráticas y ha planteado -y ha aceptado- los cambios cuando son necesarios. La moderación de la clase política colombiana -el nadadito de perro- le ha servido bien al país. Por eso en estos momentos, cuando las fuerzas centrífugas de los extremos amenazan con romper el centro, es cuando más debemos recordar de donde venimos, lo que hemos avanzado y lo frágil que es perderlo todo.