Analistas

Una paradoja global

Las complejidades del mundo contemporáneo ponen de manifiesto que algunas de las tesis tradicionales más cuestionadas estarán vigentes por siglos. Más aún aquellos postulados en los que se defiende el hecho autónomo de los Estados a administrar a sus naciones (nacionales), sin la interferencia de actores foráneos. Incluso, sin importar que tal administración sea errónea frente a conceptos elementales de convivencia y respeto por derechos humanos elementales.

Así las cosas, pareciera que las definiciones conocidas sobre el (los) sistema(s) internacional(es), tienden a equivocarse en lo básico: el sistema. Un sistema es, en términos primarios, un conjunto de elementos relacionados entre sí y que alcanza un funcionamiento homogéneo.

Más sencillo, quizá, es definirlo como conjunto ordenado de normas y procedimientos de una colectividad que se autorregula. Con todo lo que se observa a diario en el ámbito internacional, podría señalarse que difícilmente existe un sistema internacional. Antes que eso, se valida la noción de múltiples sistemas internacionales, y se consolida la visión anárquica de las relaciones internacionales (RI); es decir, la que argumenta la inexistencia de autoridad central.

Wallerstein, un estudioso del tema, escribió en los 90 sobre “el Sistema Mundo”. Sin embargo, particularmente, supo desglosarlo encontrando al interior de su concepto varios sistemas. Sin duda, en RI, se hace más cómodo (menos mentiroso) hablar de múltiples sistemas internacionales. Y uno de ellos, es el de Estados. En el que se encuentran 193 unidades políticas que defienden a como dé lugar, sus territorios (no necesariamente a sus poblaciones). Tres casos específicos para revisar al respecto son: Norcorea, Siria y Venezuela. Habiendo muchos más.

En esos países, todo el tiempo se presentan anomalías, pero poco o nada se ha hecho. Norcorea, por ejemplo -con una férrea dictadura en la que tomar de una pared un afiche propagandista del régimen lleva directamente a prisión (y, para el caso reciente, a la muerte)-, se ha dedicado a lanzar misiles por espacio aéreo y mar territorial de otros Estados, sin que alguna medida seria se le imponga. Ahora Kim Jong-Un estará preparando otra sorpresa para esta semana. Y los sistemas internacionales, de cualquier tipo, indiferentes.

En Siria, desde que se dio aquella relativamente pacífica protesta contra Bashar al Asad en 2011, se originó una de las más sangrientas guerras civiles, en la que han muerto alrededor de 400.000 personas, de acuerdo con reportes de la ONU. Es algo realmente escabroso. En tanto que, en Venezuela, con un troglodita al mando, las muertes en las actuales protestas ya superan el centenar, mientras cientos de miles de sus habitantes buscan de manera desesperada la manera de abandonar la que, con rapidez, se convirtió en la segunda dictadura de América Latina.

Bajo estas circunstancias, se hacen más notorias las falencias, no solo de algunos sistemas internacionales sino además del derecho internacional. Ante las diversas situaciones de violación sistemática de los derechos humanos (por ende, del derecho), es decepcionante que los organismos internacionales actúen como si nada ocurriese. Las leyes internacionales no existen dentro de los países. Simplemente, no sirven. La paradoja es gigante, puesto que una vez definido un sistema legal internacional, se le otorgó la facultad de regular para que no se repitieran las guerras globales, pero internamente es inútil. Como inútil resulta también que millones de personas se preocupen por estas situaciones, pues, al final lo que resta es recoger los muertos, limpiar, y esperar la llegada del próximo tirano.

Las reiteradas falencias de los sistemas internacionales, incluido el económico -quizá el que más falla-, fortalecen la máxima anárquica de “sálvese quien pueda” y como pueda. Tales sistemas parecen hacer cada vez menos fraterno al ser humano. ¡Qué paradoja!