Aclarando que, para quien escribe, el uso de la palabra “americano” para referirse al ciudadano estadounidense, o América, para representar a Estados Unidos es inadecuado, la intención de estas líneas es abordar el fenómeno que en relaciones internacionales se ha descrito bajo el rótulo de “anti-americanismo”.

A propósito de diversas conversaciones académicas y coloquiales sobre lo que ha venido representando la participación de Donald Trump, no solo en el escenario doméstico, sino además en la política y las relaciones internacionales, surge la reflexión de si ese fenómeno del anti-americanismo ha mostrado una tendencia a aumentar o si, definitivamente, se mantiene la propensión hacia su eliminación, tal como aconteció durante los años de la administración liderada por Barack Obama.

Así como el americanismo se forjó a partir del análisis de una conjugación de valores y símbolos patrios surgidos luego de que en 1776 se lograra la independencia de las 13 colonias norteamericanas y se entendió como “amor por la patria estadounidense” o “nacionalismo americano”, también el anti-americanismo tuvo su origen en el sentimiento opuesto.

Para simplificar el tema, por anti-americanismo (comprendido como un “hot issue” de la política global) se entiende la reacción negativa o el sentimiento que sirve a los individuos para expresar su rechazo o disgusto al gobierno, la política y, en el caso más extremo, la economía y sociedad estadounidenses. Sin embargo, el anti-americanismo “más sensato” se opone exclusivamente a la participación de Estados Unidos en la política internacional (en suma, a su política exterior).

Este sentimiento se ha exacerbado en diferentes periodos de tiempo, de acuerdo con cada situación, crisis o guerra. Al comenzar este siglo, con la invasión liderada por Washington en Irak (2003), la reacción fue suficientemente fuerte para poner bien arriba el odio frente al gobierno instalado en la Casa Blanca. Como expuso O’Connor (2018) en un análisis comparativo que realizó con la actual administración, George W. Bush sugería ser solo un tipo normal que había nacido en una familia famosa.

Sin embargo, a Bush se le entendió como el representante de todo lo que estaba mal en Estados Unidos y su sociedad. Temas como su religiosidad moral, falta de interés en los asuntos exteriores, la cultura armada, la comida rápida y el sentido justo de venganza violenta, lo caracterizaron para el mundo. Indica O’Connor que, para muchos, las botas de vaquero de Bush en el escritorio y el acento tejano lo decían todo.

Luego llegó Obama y dio un giro colosal a lo que por anti-americanismo se entendió en la administración Bush. Obama fue cuento aparte, no solo para Estados Unidos, sino para el ejercicio de la política global. Pero ahora los estadounidenses tienen a Trump en el poder y, en definitiva, el efecto de su manejo gubernamental desde Washington ha venido orientándose a un renacer del odio que su país despertó décadas atrás y que con su slogan de “make America great again” (pero sobre todo con sus acciones) ha instalado nuevamente en posición crítica.

El tema puede llegar a ser tan complejo que, como se sabe, el odio empieza por casa. Desde adentro, y con la extensiva polarización que se vive en el país del norte, existe ya un sector de la población que ha aprendido a odiar a Trump, sus acciones, gabinete y funcionarios en general. Tal fenómeno ha trascendido por toda la América Latina y las demás regiones del mundo que habían albergado la opción del cambio propuesto por Obama.

Con Trump en el poder durante estos cuatro años, pero sobre todo con sus actuaciones, muchas más personas en el mundo han ingresado a formar parte del grupo de individuos que se identifican con lo que el anti-americanismo había ofrecido en el pasado, y que hoy vuelve a ser una realidad. La diferencia radica en que, en esos años, Estados Unidos resultaba casi imprescindible. Hoy, ya no lo es.