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Analistas 12/08/2026

¡El presidente Abelardo tiene la razón correcta!

En el Evangelio según San Mateo 15, 21-28, la mujer cananea le respondió a Jesús: “¡Y, sin embargo, Señor, los cachorros comen las migajas que caen de la mesa de sus dueños!”

Este relato de las Sagradas Escrituras parece la súplica de siempre desde cada rincón del país a los presidentes de turno; sin embargo, hay más quienes se aferran a las tradiciones que a la genuina voluntad de los ciudadanos.

La sede del gobierno está donde el presidente la quiera poner, y donde quiera que esté, trae estabilidad a una región, trae desarrollo, recursos, y si vemos a la sede del gobierno como una empresa, trae a su alrededor cualquier cantidad de necesidades de servicios, de empresas satélites que la orbitan para atenderla; esto es empleo formal, riqueza, desarrollo.

¿Cuál es la competitividad de Bogotá? Estamos alejados de los grandes ejes industrializados del planeta (...). Esto lo dijo el ministro de Ambiente en una entrevista de radio, y no puede ser más cierto. Por supuesto, “su industria” está en los alrededores, pero ¿a qué costo? La mesa servida para Bogotá ha sido rebosante, por eso las migajas que caen de ella las comen otros, pero ¿por qué no llevarla a otros lugares?

Si Colombia fuera un cuerpo humano, Bogotá se comportaría como un tumor que consume todos los nutrientes para seguir creciendo a expensas de la decrepitud del resto del cuerpo. La metástasis se va comiendo sus municipios aledaños y no los influencia para mejorar, los infecta de sus grandes defectos: hacinamiento, inseguridad, basuras, pésima calidad de vida; para no ir lejos, Chía: es imposible andar por sus estrechísimas vías, construidas para un pequeño poblado de hace 30 años y que en poco tiempo se vio habitado por miles de estresados habitantes que huyeron de Bogotá.

Hay quienes afirman que Bogotá tiene una ventaja competitiva porque allí está la sede del gobierno; esto es querer continuar el error “porque sí”, lo errado de estar repitiendo siempre lo mismo. Otros dicen algo cierto, y es que produce 25% del PIB nacional, pero claro, es obvio, pero esto puede ocurrirle por lo mismo de concentrar todo acá: muchas ciudades pueden crecer también si se les da la oportunidad que por dos siglos ha tenido Bogotá.

Abelardo y Restrepo están haciendo algo que nadie hizo antes: escuchar lo que las regiones les gritaban y que ha sido el germen de la inconformidad, de sentirse menospreciadas y desatendidas, sentimiento que capturó la izquierda, pero que desperdició en un derroche de vanagloria y orgía de corrupción.

Ciudades como Bucaramanga y Medellín, tan aisladas geográfica y políticamente por malos gobiernos como el que terminó y su pésimo Invías, entre otras entidades, y Barranquilla, han constituido polos de desarrollo y zonas metropolitanas regionales que han hecho economías grandes y paralelas, industrializadas solo con su tesón, como lo dijo el alcalde Federico Gutiérrez a un “ingenuo” periodista que le preguntó cómo le fue con Petro: ojalá Petro no nos hubiera ayudado, el problema era que se atravesaba cada día, y sin embargo sacaron adelante no solo el túnel del Toyo, sino que salvaron con su votación al país junto a los Santanderes, Barranquilla y Tolima.

Es difícil encontrar una ciudad capital del mundo tan aislada como Bogotá; heredamos de los conquistadores un modelo de gobierno absurdo, un campamento desde donde se quiso dirigir la búsqueda de oro a 2.600 metros de altura y al que, para llegar, hay que subir dos cordilleras para luego bajarlas. En esto coincido con la sensatez de Abelardo. Solo en América del Sur, cinco capitales no están sobre puertos y, sin embargo, cuatro están a menos de dos horas de ellos o, en su defecto, trasladaron su economía allí.

Desarrollamos durante dos siglos un país hacia su interior, olvidando sus costas, siendo el único país del sur global con miles de kilómetros en ambos océanos. Se desarrolló un centro alejado de todo, al cual acceder, incluso hoy día, es muy difícil, no solo físicamente sino también en lo social y económico, siendo un privilegio para pocos. Bogotá está creciendo mal, no sabe crecer bien; hay que moderarle ya su crecimiento y sacar el gobierno de acá, estoy seguro de que será una buena medida.

Afortunadamente, Bogotá ha tenido en Galán un alcalde con el carácter suficiente para sacar adelante el metro a pesar de Petro; ojalá sigamos eligiendo gente así. Otro asunto, el Congreso: ¿para qué le ha servido centralizarlo en Bogotá, si el peor mal que le aqueja es el ausentismo? Sin embargo, se maneja como una escuela primaria; ojalá pudieran estar en sus regiones, eso sí, con la obligación de conectarse, como resulta hoy tan fácil, posible y económico. Con esto se acabarían tantas críticas absurdas al Congreso por viáticos, primas y viajes, cuando al final están tres días de la semana sesionando bajo los fríos murales de Obregón y Vásquez Arroyabe.

En un modelo libertario como el propuesto por Milei, que ha demostrado ser exitoso, Abelardo va por el camino correcto: el Estado debe tener la mínima intervención en las actividades humanas; en ese orden deberíamos quitarle cuerpo al Estado, debería ser etéreo, dejar de ser algo tan físico, pesado y abrumador como en efecto lo es.

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