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¿Del decrecimiento al crecimiento industrial?

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El decrecimiento industrial debe prender todas las alertas. El último dato es contundente: mientras la economía en general creció el año pasado al 1,8%, la industria decreció 1%. La industria es vital en el desarrollo económico de un país, porque genera valor agregado, crea empleo de calidad y multiplica sus efectos hacia los servicios y hacia el resto de los sectores productivos. ¿Qué hacer?

Las fórmulas del pasado de protección, de barreras arancelarias, de cuotas de importación, las listas de prohibida importación, de subsidios y exenciones tributarias de poco sirvieron. Hoy en días se espera que sean otros los mecanismos y opciones de política que apoyen a la industria. Primero, la depreciación de la tasa de cambio, el cual es un mecanismo automático de ajuste que tiene la economía desde que se decidió dejar flotar el valor de la moneda. Tal movimiento se espera que le agregue competitividad a la industria para exportar y para sustituir importaciones. Segundo, la política monetaria viene reduciendo las tasas de interés, lo que permite abaratar el costo del financiamiento para emprender nuevas inversiones. Y tercero, la reforma fiscal, que contribuyó a restablecer los equilibrios fiscales y externos, y a mantener la credibilidad financiera en el país.

Los efectos de las políticas macroeconómicas casi nunca son inmediatos, y este pudiera ser un argumento para esperar con paciencia que los mecanismos de transmisión maduren. Una economía que se organizó estructuralmente para crecer con los petrodólares, requiere un tiempo para sobreponerse y desligarse de las marcas de la enfermedad holandesa.

Sin embargo, también debemos tener presente que la política macroeconómica tiene límites en poder determinar la trayectoria de largo plazo de las economías. Nuestra mirada debe buscar en muchos otros factores de carácter institucional y estructural. Acá veo dos elementos claves para sacar adelante la industria y en los cuales considero hemos fallado en el país.

La primera tiene que ver con una brecha endémica y tradicional en nuestro medio entre la empresa y el conocimiento, que se expresa en la lejanía que existe entre las organizaciones productivas y las universidades. Esto ha llevado a que, por ejemplo, la cantidad de doctores en Colombia, que son pocos para nuestro tamaño, estén casi todos en las universidades y no, como en Corea, que están mayoritariamente en las empresas. Si se quiere tener una industria fuerte, es necesario tenerla muy bien conectada con la producción de conocimiento. Y esto se logra gracias a la investigación y la atención de las necesidades de las organizaciones. Es en ese diálogo donde se abren nuevos horizontes para la misma investigación y para la aplicación del conocimiento nuevo y existente para resolver nuevos problemas. Para estos efectos se han dado bonitas experiencias en las regiones en donde se ha propiciado este encuentro entre la academia y la empresa. Por ejemplo, en el Valle del Cauca hay dos espacios: la RUPIV, Red de Universidades para la Innovación del Valle del Cauca, y el CUEEV, Comité Universidad Empresa Estado del Valle del Cauca.

La segunda clave del éxito es la focalización como país. Debemos ser competitivos en algunas áreas, donde tengamos ventajas reales. Y para esto es fundamental que podamos hacer apuestas de país. No es fácil colocar a la gente de acuerdo, pero es indispensable si se quieren montar unos verdaderos motores de desarrollo. En países del Asia lo han hecho. Hay experiencias exitosas, pero requerirán que hagamos priorizaciones. Para este ejercicio se necesitará de mucha generosidad y creatividad. Y dejar de lado las capacidades de lobby que muchos sectores del país están acostumbrados a emplear para sacar adelante “sus intereses”. Por el contrario, tenemos que liberar al Estado y generar espacios de articulación.

Pasar del decrecimiento al crecimiento pero con horizonte de largo plazo esa es la tarea.

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