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El 24 de junio, en Venezuela, la tierra se movió dos veces en menos de un minuto. Primero un sismo de magnitud 7,2. Treinta y nueve segundos después, otro de 7,5. Caracas, La Guaira y San Felipe vieron edificios doblarse, calles desaparecer y familias quedar atrapadas bajo los escombros.
A pocas horas de vuelo, el Mundial de fútbol seguía su curso en estadios repletos en Estados Unidos, México y Canadá. Mientras unos celebraban goles, otros buscaban sobrevivientes entre montañas de concreto.
El fútbol tiene esa capacidad extraña de seguir girando mientras el mundo de alguien más se detiene por completo. Pero esta vez recordó que, incluso en medio del espectáculo deportivo más grande del planeta, todavía hay espacio para la humanidad. La Fifa ordenó guardar un minuto de silencio antes de varios partidos en memoria de las víctimas. Durante sesenta segundos, los estadios dejaron de celebrar para reconocer que, a unos pocos miles de kilómetros, había familias viviendo la peor tragedia de sus vidas.
Sin embargo, lo más importante no ocurrió dentro de los estadios.
Colombia, el mismo país que apenas unas semanas antes había derrotado a Venezuela en la cancha, fue uno de los primeros en responder a la emergencia. Más de sesenta rescatistas y perros especializados cruzaron la frontera para sumarse a las labores de búsqueda antes de que se cerrara la ventana crítica de las primeras 72 horas. No hubo discursos ni cálculos políticos.
Al mismo tiempo comenzaron a multiplicarse las muestras de solidaridad desde distintos rincones de la región y del mundo. Gobiernos, organizaciones internacionales, deportistas y miles de ciudadanos movilizaron ayuda y mantuvieron la atención sobre una tragedia que corría el riesgo de desaparecer rápidamente de los titulares. Incluso surgió una campaña ciudadana que propone destinar parte de los ingresos comerciales generados durante las pausas de hidratación del Mundial para apoyar a las víctimas. Más allá de que prospere o no, refleja una convicción sencilla: frente al sufrimiento, toda oportunidad para ayudar vale la pena.
Eso es solidaridad. No la que se proclama en los discursos ni la que se agota en un mensaje de redes sociales. La verdadera solidaridad aparece cuando el desenlace todavía puede cambiar y ayudar exige mucho más que buenas intenciones.
Durante años, Venezuela ha ocupado los titulares por su crisis económica, la migración y la polarización política. Un terremoto rompe esa distancia. Nos obliga a dejar de hablar de cifras para volver a mirar personas, familias y vecinos.
Hay una lección que trasciende esta tragedia. La solidaridad no depende de compartir una bandera, una ideología o una victoria deportiva. Nace cuando entendemos que el dolor del vecino nunca nos es completamente ajeno.
Los mundiales terminan, los campeones cambian; lo que permanece es la manera en que respondemos cuando el sufrimiento toca la puerta. Quizás esa sea la verdadera victoria de estos días. No la que se celebra levantando una copa, sino la que se construye cuando una región demuestra que todavía es capaz de detenerse para levantar a quien más lo necesita.
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