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Analistas 02/07/2021

Las verdades de la muerte

Juan Manuel Nieves R.
Estudiante de Comunicación Política
La República Más

Pensar en lo trascendental necesariamente nos hace pensar en la muerte; como dice Edoard Levé “la muerte es un país del que nada se sabe, nadie ha vuelto de él para describirlo”; por ello ha inquietado a la humanidad desde el principio de su existencia.

Elisabeth Kubler-Ross dedicó la mayor parte de su vida a acompañar moribundos y personas en cuidados paliativos; fruto de sus experiencias escribió varios libros entre los cuales se destacó “sobre la muerte y los moribundos” que incluye los cinco pasos para superar un duelo. En uno de ellos señala que su gusto por los moribundos radicaba en que eran las personas más auténticas, lejos ya de vanidades y pasiones daban importancia a lo realmente importante en la vida, a ser auténticos. En una de sus anécdotas contaba que un hombre sufría con la idea de la muerte de su abuela que se encontraba en el hospital; ella le dice que está preparada y hace la siguiente metáfora: la vida es como un pastel, le das un pedazo a tu familia, otro a tu trabajo y así lo vas repartiendo sin dejarte un pedazo para ti y pasa la vida sin siquiera saber qué clase de pastel fuiste. Esa historia tranquilizó al nieto, ella sabía quién era y quien había sido, por eso estaba preparada para irse.

Conocerse a sí mismo es una de las labores más difíciles; muchas de las personas gastan el tiempo haciendo; tratan de ser mejores esposos, trabajadores, padres, se cargan con los temas de otros, pero no paran a pensar quiénes son y solo una enfermedad o la muerte inminente los lleva a reflexionar. La autora arriba citada señala que el verdadero yo sale al pensar: ¿Qué haría si la sociedad, padres, jefe no estuvieran cerca? ¿Cómo te definirías a ti mismo? ¿Quién está debajo de todo eso? Ahí está la verdadera persona.

La madre Teresa de Calcuta contaba que la vida es un logro y morir es la culminación de ese logro; así poca gente no es capaz de ver la muerte como un premio ni siquiera su propia vida y finalmente lo son. Una moribunda contaba que gracias a estar muriendo comprendió que era única, nadie experimentó sus cosas, nadie vivió su vida, nadie pudo pensar por ella y nadie, así como ella, volverá a existir; por ello la vida es un logro, único e irrepetible.

Lo trascendental actualmente ha dado paso a lo efímero, a lo irrelevante: se vive como si fuera a ser para siempre; hasta a Dios han querido relevarlo de las aulas, colegios y la sociedad, sabiendo que no se conoce cultura que no haya tenido deidad o música.

El covid-19, que es una verdadera catástrofe, nos deja también un mensaje: dejemos este tiempo ridículo donde lo trascendente ya no tiene importancia y volvamos a trabajar por nosotros mismos, por la existencia y por dejar algo, así el más allá tenga más dudas que certezas; saberse único es también una oportunidad para luchar contra el afán de muchos por igualarnos, estandarizarnos y no dejarnos pensar. Ojalá venga una época donde lo trascendente importe más que la marca de un zapato o una prenda.