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Tribuna Universitaria 23/01/2026

El silencio conveniente

Juan Manuel Nieves R.
Estudiante de Comunicación Política
JUAN MANUEL NIEVES

El año comenzó con una agitación política inusual. En distintos países se celebraron -con razón o con entusiasmo prematuro- golpes al autoritarismo, caídas simbólicas de regímenes y anuncios de cambio. En América Latina, la atención se concentró en la caída del tirano Nicolás Maduro, mientras el mundo observa ahora, con expectativa e incertidumbre, lo que ocurre en Irán.

Desde hace semanas -y en realidad desde hace años- Irán vive protestas masivas contra un régimen que ha violado sistemáticamente los derechos humanos desde 1979, cuando la Revolución Islámica instauró una teocracia autoritaria que sometió a la sociedad civil, especialmente a las mujeres. Las manifestaciones actuales, protagonizadas en gran medida por jóvenes y mujeres, han sido reprimidas con brutalidad; El régimen ha cortado el acceso a internet, bloqueado redes sociales y expulsado a periodistas extranjeros, la información es fragmentaria, pero distintas organizaciones internacionales coinciden en que hay cientos, posiblemente miles de muertos, miles de detenidos y ejecuciones sumarias.

Irán no es una anomalía reciente, es un Estado donde la disidencia se castiga con cárcel, tortura o muerte; donde las mujeres son obligadas a vestir según normas religiosas impuestas; donde un mechón de cabello, una protesta pacífica o una canción pueden ser motivo de condena. Desde hace décadas, las iraníes viven bajo un sistema que regula sus cuerpos, sus movimientos y sus decisiones. Eso no empezó ayer, pero hoy estalla con una fuerza que el régimen ya no logra contener sin violencia extrema.

A esto se suma una crisis económica profunda. Las sanciones internacionales, la corrupción estructural y la mala administración han disparado la inflación, empobrecido a la población y destruido las expectativas de los jóvenes; Irán enfrenta además una grave crisis hídrica: ríos secos, acuíferos agotados, ciudades sin agua potable durante días. La escasez no es solo climática, es política, décadas de decisiones irresponsables han llevado a un colapso ambiental.

Y, sin embargo, frente a Irán no hay el mismo coro indignado que aparece frente a otras causas. No hay pañuelos, no hay hashtags masivos, no hay marchas multitudinarias en Occidente, muchas ONG, colectivos y movimientos que se autoproclaman defensores universales de los derechos humanos han optado por el mutismo. ¿La razón? Irán no encaja en su narrativa, criticarlo incomoda alianzas ideológicas, rompe esquemas geopolíticos y obliga a señalar a un régimen que se presenta como “antiimperialista”, aunque oprima brutalmente a su propio pueblo.

El silencio de algunos sectores feministas es particularmente doloroso. Quienes levantan la voz -con razón- frente a injusticias selectivas, hoy callan frente a uno de los sistemas más misóginos del planeta. Mujeres asesinadas por protestar, encarceladas por quitarse el velo, golpeadas por exigir libertad, y aun así no hay pronunciamientos proporcionales. El feminismo, si quiere ser creíble, no puede depender del mapa ideológico del agresor.

La defensa de los derechos humanos no admite doble rasero. O se defienden siempre, o no se defienden. No se puede denunciar a un presidente en Israel y justificar -o ignorar- a uno en Teherán. No se puede hablar de justicia selectiva sin convertirse en cómplice del abuso que se elige no ver.

Cada caída de un tirano debe celebrarse. Cada pueblo que se levanta contra la opresión merece solidaridad, sin condiciones ideológicas, sin cálculos estratégicos, sin silencios convenientes. La libertad no es de izquierda ni de derecha. Cuando la historia juzgue, no solo recordará a los tiranos que cayeron, sino también a quienes, pudiendo hablar, eligieron callar.

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