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El texto de Orwell, “1984”, es un clásico. Este calificativo se justifica porque plantea problemas que desde la condición humana siempre serán discutibles. De manera magistral, muestra que el Gran Hermano está obsesionado por modificar el pasado acomodándolo a su ideología. Ordena eliminar de la historia a personajes que considera inadecuados. Y, de manera más sorprendente, crea héroes que nunca existieron. Estos individuos imaginarios tienen vidas ejemplares y se sacrifican hasta la muerte en defensa de los ideales del Gran Hermano.
Winston Smith, el protagonista de la novela, trabaja como teletipista del Ministerio de la Verdad en Oceanía. Es uno de los funcionarios que tiene como tarea borrar hechos verdaderos y recrear nuevos relatos. La logística es compleja porque no puede quedar rastro alguno. Todo tiene que ser modificado: los periódicos, las revistas, los libros, las emisiones radiales.
Smith se angustia porque, en este proceso, él mismo comienza a dudar de sus certezas. Y su memoria se va oscureciendo en la maraña de nuevas versiones. Sabe que su propia verdad también se va desvaneciendo. Y, dada la incomunicación que se vive en medio del complejo aparato logístico del Ministerio de la Verdad, Smith no tiene con quién recordar aquellos hechos verdaderos. Poco a poco, el poder del Gran Hermano va debilitando su capacidad de diferenciar los relatos fantásticos de los hechos reales.
Estas reflexiones son pertinentes después de la decisión del presidente de desaparecer obras del Museo Nacional. Este comportamiento orwelliano es inaceptable. La Constitución del 91 fue posible gracias a realidades que no se pueden desconocer. Las figuras de Carlos Pizarro y Bernardo Jaramillo son imborrables.
La séptima papeleta fue real. Se trata de hechos que hacen parte de la historia nacional. Indudablemente, cada uno tiene derecho a construir la narrativa que considere apropiada, pero no puede negar la evidencia. El historiador tiene su propia narrativa sobre lo que sucedió.
Construye la relación de causalidad que considera conveniente. Y en el debate público, cada narración es más o menos legitimada. Pero el punto de partida no se puede modificar de forma arbitraria. El relato del historiador adquiere relevancia si los hechos que lo fundamentan son verídicos. De allí en adelante, se le puede atribuir la victoria al poder del pueblo o a la audacia del héroe. Esta secuencia causal hace parte de la narrativa del historiador.
Obviamente, la narrativa del actual gobierno es completamente diferente a la de Petro, pero en cualquier relato se tienen que respetar las evidencias. Sin duda, la curaduría de un museo tiene sus propios sesgos y le da más relevancia a algunos acontecimientos que a otros. Es inevitable que así sea. Con justa razón, los museos tienen equipos que discuten el mensaje que se quiere transmitir y la forma de hacerlo. Es inevitable que la perspectiva ofrecida por un museo sea objeto de crítica. Cada grupo de curadores plantea sus opciones específicas.
La forma abrupta en que desaparecieron obras del Museo Nacional es censurable, comenzando por el procedimiento. La pretensión de negar el hecho histórico se realizó de una manera burda. Esta lógica orwelliana ni siquiera tuvo la precaución de sofisticar la logística. Los funcionarios respondieron inmediatamente al grito del Gran Hermano, desconociendo las prácticas refinadas que enseñó el Ministerio de la Verdad.
El fondo de imprevistos evita vender activos volátiles en el peor momento, el beneficio tributario multiplica el poder de cada peso ahorrado
El cálculo es sencillo: vender por debajo del precio, con subsidios de su gobierno y la ayuda de una moneda artificialmente devaluada, para que sean otros países los que tengan que cerrar sus plantas