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Oxfam presenta cada año en Davos su informe sobre el estado de la desigualdad en el mundo. En esta ocasión, más que en las anteriores, el estudio pasó desapercibido. Y es comprensible que así haya sido porque el panorama internacional se ha modificado de manera sustantiva. Se destacó el discurso de Carney que puso en evidencia el fracaso de las organizaciones que predican, pero no aplican.
Esta fractura entre el discurso y la realidad ha sido más notoria en el tema de la desigualdad. Los países y los banqueros del mundo siempre han hecho énfasis en la importancia de la inclusión y de equidad. Mientras tanto, en la realidad ocurre todo lo contrario, y los niveles de desigualdad crecen a ritmos exponenciales.
Como en los años anteriores, Oxfam llama al sentimiento de indignación. Invita a que la comunidad global rechace situaciones que son intolerables. Es escandaloso que “…desde que Donald Trump fue elegido presidente en noviembre de 2024, la fortuna conjunta de los mil millonarios del planeta ha crecido tres veces más rápido que el promedio anual de los cinco años anteriores”. En la sociedad contemporánea la posibilidad de incrementar los recursos de manera exponencial se ha intensificado porque se conjugan dos mecanismos.
Por una lado, la globalización de los mercados de capitales. La especulación financiera se ha acentuado, y ello ha permitido que los grandes ricos aumenten sus fortunas de manera sustantiva.
Y por el otro lado, el desarrollo de tecnologías de la información, inteligencia artificial y redes sociales. La persona vende sus servicios en la red durante 24 horas. Los goles de Messi se repiten mientras él está dormido, y en medio de sus sueños continúa facturando. Taleb, en su libro, el Cisne Negro recuerda que en la primera mitad del siglo XX no era posible vender servicios sin la presencia física. El cantante de ópera se tenía que presentar en la Escala de Milán. Por aquellos días no había grandes ricos, fuera de los monarcas y algún terrateniente.
La combinación de estos dos mecanismos permite que en un año la riqueza de Elon Musk haya pasado de US$200.000 millones a $650.000 millones. Estos ritmos de crecimiento vertiginosos se traducen en desigualdades que cada vez son más profundas.
Las recomendaciones de Oxfam se repiten cada año, pero no son atendidas. Se insiste en: gravar a los súper ricos, ampliar la tributación internacional, limitar el poder corporativo, cancelar la deuda insostenible de los países del sur, eliminar paraísos fiscales, mejorar la información sobre distribución del ingreso y de la riqueza. Además, se pide restringir la riqueza, poniendo como límite máximo US$10 millones por persona.
El estudio de Oxfam va en la misma dirección del informe del Comité Independiente de Expertos sobre la Desigualdad Global del G20. La coordinación de esta investigación estuvo a cargo de Stiglitz. Allí se afirma que la desigualdad tiene impactos negativos en el crecimiento económico, la estabilidad política, la confianza en la democracia. Además, la desigualdad estimula los conflictos, reduce el interés por la cooperación internacional, y obstaculiza la lucha contra el cambio climático. En ambos estudios hay coincidencia en que la desigualdad no es un mal eterno y que se puede reducir. Con Oxfam los banqueros del mundo calman temporalmente su conciencia. Y aunque los gobiernos se pronuncian a favor de la igualdad, año tras año se sigue constatando que las brechas crecen de manera exponencial.
Que el Caribe esté preparado, articulado y con una agenda clara marcará la diferencia entre aprovechar ese momento o volver a aplazarlo
Defender las instituciones no es conservadurismo ni miedo al cambio. Es una condición elemental de la democracia. Las transformaciones duraderas no se hacen contra las reglas compartidas, sino dentro de ellas