Analistas

La miopía del DNP

Con el paso del tiempo, el Departamento Nacional Nacional de Planeación (DNP) ha ido perdiendo la capacidad de mirar lejos. Se ha vuelto miope. En sus orígenes, el DNP fue concebido por Lleras como la entidad llamada a proponer alternativas de desarrollo con una perspectiva de mediano y largo plazo. De acuerdo con su misión el DNP tiene la responsabilidad de mantener la “visión estratégica” del país. Por aquellos días, en los sesenta, se creía en las bondades de la planeación. Hoy el DNP se consume en las angustias del día a día.

La miopía del DNP lo está llevando a cometer cuatro errores. El primero es asumir las preocupaciones de caja, que son propias del Ministerio de Hacienda. El segundo es la ausencia de una concepción del desarrollo que tenga presente la geografía y las regiones. El tercero es la confianza ingenua en una ingeniería social excesivamente simple. Y el cuarto error tiene que ver con las limitaciones intrínsecas de los indicadores de resultado y de impacto que está utilizando. Simón Gaviria, el nuevo director, tiene los siguientes retos. Primero, proponer estrategias de desarrollo. El DNP tiene que ejercer una función de liderazgo frente a los gobernantes locales. En el caso de las regalías, por ejemplo, la institución se ha perdido en las discusiones inmediatistas y burocráticas de los Organos Colegiados de Administración y Decisión (Ocad). La autonomía local no puede ser un obstáculo para el desarrollo de grandes proyectos nacionales. Las autoridades locales deberían discutir a partir de los lineamientos del DNP, y no a la inversa. La agenda de desarrollo es responsabilidad del DNP, y no puede ser el resultado de las disputas burocráticas que se resuelven con pegoticos de mermelada. Solamente por poner un ejemplo, si tuviéramos visión estratégica ya hubiéramos creado en el Amazonas un gran centro internacional de biodivesidad tropical, de la misma manera que Chile se ha convertido en una vanguardia internacional en astrofísica gracias a las ventajas privilegiadas del desierto de Atacama.

Segundo, el DNP tiene que darle prioridad a la geografía, de tal forma que de una política de desarrollo basada en los sectores se pase a un enfoque centrado en las regiones. El DNP debería estar dando orientaciones sobre la distribución de los asentamientos humanos en el territorio. En su visión miope el DNP no considera la demografía y no ofrece alternativas que garanticen la sostenibilidad de las grandes ciudades.

Tercero, el DNP tiene que superar la ingeniería social porque los modelos que sus-tentan las proyecciones son muy débiles. La institución debe ir más allá de la lógica simplista de numerosos modelos costo/beneficio. La educación, por ejemplo, tiene un valor intrínseco, independientemente de los resultados de las tasas de retorno de un modelo de capital humano. La recuperación de las cuencas y la protección de los páramos no cabe en ningún modelo de equilibrio general. El DNP es la institución que debería advertir – aún en contra de las prioridades del Ministerio de Hacienda – sobre la urgencia de este tipo inversiones.

Cuarto, el DNP debe modificar los indicadores que utiliza para evaluar el desempe-ño. Ninguna de estas mediciones invita a responder preguntas como: ¿por qué el Magdalena Medio que tradicionalmente ha sido rico en petróleo tiene niveles de pobreza tan altos? ¿por qué no se logra el des-enclave de las regiones minero-energéticas? ¿por qué la mitad de los municipios del país no tienen agua potable? ¿por qué seguimos sin carreteras? ¿por qué acabamos con el transporte fluvial? ¿por qué la red ferroviaria no avanza?