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Un buen abogado

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Con tantas noticias, escándalos y el alto nivel de indignación creciente de los colombianos en los últimos días, he buscado en los orígenes de la justicia, los conceptos básicos y fundamentales de la profesión de los abogados. El derecho, creado por los romanos, tuvo su máximo exponente en el emperador Justiniano I quien escribió el “Corpus Iuris Civilis”.

Este documento recopila varios siglos de códigos, diferentes constituciones y literatura para intentar documentar algo que la humanidad necesita: fórmulas y reglas claras para dirimir los conflictos. La estatua de la justicia que todos conocemos hoy es el resultante de una mezcla de antiguas diosas. Por un lado, está la divinidad griega Temis, hija de los dioses Urano y Gaiga, casada con Zeus y representante en la tierra de la justicia y símbolo del orden.

Por otro lado, los romanos tenían a la deidad Iustitia, resultante de un híbrido entre la diosa romana Fortuna a cargo del destino, y otra diosa griega, Tyche encargada de la suerte. Las primeras monedas romanas, de hecho, representaban a Iustitia con la espada en una mano y la balanza en la otra, pero con los ojos descubiertos. Los ojos vendados, o la idea de estar a “ciegas”, aparecieron a final del siglo XV.

Las leyes, la justicia y sus representantes en la tierra, los abogados, son seres humanos que deben siempre llevar en mente ese tema de ceguera, entendida en el sentido de no incluir temas personales con el conflicto en cuestión. Un juez, un magistrado, o alguien que imparta justicia debe alejar sus creencias y emociones de sus actuaciones y decisiones. Hay una dimensión en donde confluyen la justicia, la equidad, la ética, los valores y la moral. Este es el espacio ideal donde debe posicionarse esa profesión.

Un buen abogado debe ser impecable, no tener cuestionamientos de su vida privada o personal. Un buen abogado debe decidirse por una de dos, ya que la puerta giratoria entre sector público y privado genera conflictos de intereses, el caldo de cultivo de la corrupción. Un buen abogado no es cómplice, no puede cohonestar con los delitos de sus clientes, especialmente para enriquecerse a costa de éste. Los buenos abogados deben ser transparentes en público y en privado, porque en ambos escenarios hoy con la tecnología disponible, no se sabe cuándo lo van a estar grabando.

Un buen abogado debe ser fiel a su cliente, debe mostrar todos los riesgos y escenarios de manera objetiva. Un buen abogado no anda promocionándose en los medios de comunicación, ni ventilando sus casos fuera de los estrados judiciales. Un buen abogado no cambia de discurso porque cambia de cliente. Un buen abogado prefiere dejar pasar la oportunidad de un caso, o un nombramiento, si ve que tiene un amplio conflicto de interés, por el secreto profesional de sus casos.

El poeta y estadista griego Solón lo dijo bien: “Las leyes son semejantes a las telas de araña, detienen a lo débil y ligero y son deshechas por lo fuerte y poderoso”. Por eso se necesitan buenos abogados, no truchos, mercantilistas o marrulleros. Volvamos a lo básico. Ojalá las empresas contraten abogados decentes y de alto perfil. En el caso de nombramientos en el servicio público, que sean juristas perfilados hacia lo que diseñaron en su momento los romanos, y no lo de hoy, que en algunos cargos estamos viendo payasos y caricaturas de abogados, llenos de mañas e intereses personales y comerciales. Tenemos una gran cantidad de profesionales mejores que eso.

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