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Analistas 06/02/2021

De héroe a villano, un paso

Hasta hace muy poco la compañía americana Robinhood, detrás de una aplicación que permite hacer operaciones bursátiles a bajo precio, sin comisiones, era considerada una de las fintechs con mayor potencial de crecimiento y en un camino acelerado hacia su salida a cotizar en bolsa. La popularidad de esta plataforma de inversión enfocada al consumidor “de a pie”, convertida en una de las más populares del planeta por la forma en que democratizó el sector, se disparó durante los momentos mas críticos de la pandemia del covid-19. Robinhood, al igual que aplicaciones como Zoom y Netflix, entre otras, se convirtió en el pasatiempo favorito de mucha gente que recuperó tiempo libre gracias a las cuarentenas y al trabajo remoto.

Los fundadores de Robinhood son Vladimir Tenev de 33 años y Baiju Bhatt de 35, dos estadounidenses de origen búlgaro e indio respectivamente que crearon la compañía en 2013 con un modelo de negocios al siguiendo la fórmula de Facebook: gratis, fácil de usar y con potencial de generar adicción, con el lema: “democratizar las finanzas para todos”. Al principio de la pandemia, Robinhood ya había recaudado casi US$1.000 millones de famosos inversionistas de capital de riesgo como Sequoia y Andreessen Horowitz, con una valoración que superaba los US$8.000 millones, contando con mas de 500 empleados y cerca a 7 millones de usuarios.

Para finales de 2020 se estima que Robinhood habría llegado a 13 millones de usuarios alcanzando ingresos de mas de US$700 millones. Sus ingresos provienen de cuatro fuentes principales: intereses devengados sobre los saldos de efectivo de los clientes (al igual que cualquier banco tradicional), la venta de información de órdenes de venta a empresas financieras, los préstamos de margen y las comisiones que reciben de parte de empresas llamadas “market makers” que le pagan por el derecho de manejar el flujo de sus pedidos de compra y venta de acciones.

El lado oscuro de Robinhood, y lo que nos recuerda precisamente el caso de Facebook, es el hecho de que la compañía vende la información referente a las transacciones de pequeños inversionistas a grandes empresas financieras y particularmente a fondos de cobertura (“hedge funds”) que utilizan algoritmos sofisticados sobre estos datos para adelantarse al mercado y mejorar sus retornos. Algunos piensan que en su afán de democratización del mercado bursátil han creado un instrumento que a diario engaña a toda una generación usuarios poco sofisticados haciéndoles creer que negociar con acciones, opciones y otros complejos instrumentos financieros es tan fácil como subir de nivel en un videojuego.

Hace unos días Robinhood sufrió la “tormenta perfecta” y pasó de ser la plataforma que acercaba a novatos a las grandes ligas de “Wall Street” a convertirse en el peor enemigo de muchos de sus mismos clientes, cuando tuvo que restringir la compra y venta de algunas acciones que estaban siendo impulsadas por conversaciones virales en foros y redes sociales. De la noche a la mañana la plataforma se volvió el blanco de fuertes críticas que aducían que estos movimientos estaban encaminados a proteger a grandes fondos en detrimento de los pequeños inversionistas. Como ha pasado con las redes sociales y los buscadores de internet, los reguladores tendrán una vez mas que salir del rezago que los caracteriza en temas donde la tecnología toma la delantera e intervenir antes de que haya mas víctimas.