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Analistas 15/01/2021

De sordos y sorderas

Tres días antes de concluir 2020, la revista española Scherzo anunció el descubrimiento del acta de bautismo original de Ludwig van Beethoven, en la que consta que el genio alemán vio la luz un año más tarde de lo que la historia registra. Este hallazgo nos motiva a extender la conmemoración de los dos siglos y medio del nacimiento del genial compositor que entendió al romanticismo, presente en la literatura desde finales del siglo XVIII, como la forma de expresión musical que el mundo necesitaba. Aunque sus obras tempranas, junto con las de Haydn y Mozart se suelen enmarcar en el clasicismo, a medida que avanzaba el siglo XIX las composiciones de Beethoven también lo hacían, llegando a terrenos en los que la manifestación de los sentimientos y motivaciones íntimas del autor se imponen sobre la rigidez de la estructura y el refinamiento de la forma, y se convierten en el alma y esencia de la música. A través de sus partituras Beethoven tradujo de manera magistral, las emociones humanas a la armonía.

La vida del iluminado de Bonn no estuvo exenta de tribulaciones. La sordera que apareció antes de cumplir 30 años le causaba enormes dificultades para ejercer su actividad creativa. En su afán por aumentar la sonoridad del piano, castigaba con violencia las teclas hasta romperlas y, como lo consignó en su testamento de Heiligenstadt de 1802, llegó a considerar el suicidio como una alternativa para su desesperada situación. Beethoven nunca sucumbió ante la adversidad y siguió produciendo obras inmortales que solo pudo imaginar y jamás escuchó, como la sonata Hammerklavier, la Missa Solemnis y la gloriosa Novena Sinfonía, que al decir de Harvey Sachs en su libro The ninth, Beethoven and the world in 1824, se percibe como el continente del mensaje que otorga una bendición casi religiosa pero no confesional a todas las personas, instituciones y empresas “buenas” y “justas” y que, por tratarse de un símbolo de libertad e igualdad, ha sido utilizada por liberales y conservadores, demócratas y autócratas, nazis, comunistas y anarquistas alrededor del mundo.

Beethoven es el más célebre de los compositores privados de la facultad de oír, pero no es el único. Pueblan esa galería personajes como el insigne bohemio Bedrich Smetana, considerado el padre de la música checa y el no menos famoso creador y pianista francés Gabriel Fauré, todos con una característica común: el tesón para hacer realidad su propósito superior a pesar de sus limitaciones auditivas. Por esto resulta incomprensible que tantas décadas después de las lecciones de perseverancia y tenacidad que nos dan estos autores, aún encontremos sordos voluntarios que, con su sentido del oído inalterado, se niegan a escuchar.

Abundan los sordos por determinación propia en todas las esferas de nuestra sociedad, desde gobernantes que con obstinación desatienden los clamores de sus pueblos, hasta directivos empresariales que censuran a-priori las ideas de sus subordinados imponiéndose a sí mismos la triste condena a permanecer rodeados de mudos, pasando por individuos desconsiderados que se rehúsan a escuchar, sin entender que con su actitud afectan a sus conciudadanos.

Por cuenta de quienes desoyen las instrucciones de autocuidado y de distanciamiento social, el país vive la situación más crítica en materia de capacidad hospitalaria desde que comenzó la pandemia. Ojalá que el año nuevo nos traiga a todos la sensatez necesaria para escuchar, dimensionar, entender y afrontar los desafíos que ya se vislumbran.
Tres días antes de concluir 2020, la revista española Scherzo anunció el descubrimiento del acta de bautismo original de Ludwig van Beethoven, en la que consta que el genio alemán vio la luz un año más tarde de lo que la historia registra. Este hallazgo nos motiva a extender la conmemoración de los dos siglos y medio del nacimiento del genial compositor que entendió al romanticismo, presente en la literatura desde finales del siglo XVIII, como la forma de expresión musical que el mundo necesitaba. Aunque sus obras tempranas, junto con las de Haydn y Mozart se suelen enmarcar en el clasicismo, a medida que avanzaba el siglo XIX las composiciones de Beethoven también lo hacían, llegando a terrenos en los que la manifestación de los sentimientos y motivaciones íntimas del autor se imponen sobre la rigidez de la estructura y el refinamiento de la forma, y se convierten en el alma y esencia de la música. A través de sus partituras Beethoven tradujo de manera magistral, las emociones humanas a la armonía.

La vida del iluminado de Bonn no estuvo exenta de tribulaciones. La sordera que apareció antes de cumplir 30 años le causaba enormes dificultades para ejercer su actividad creativa. En su afán por aumentar la sonoridad del piano, castigaba con violencia las teclas hasta romperlas y, como lo consignó en su testamento de Heiligenstadt de 1802, llegó a considerar el suicidio como una alternativa para su desesperada situación. Beethoven nunca sucumbió ante la adversidad y siguió produciendo obras inmortales que solo pudo imaginar y jamás escuchó, como la sonata Hammerklavier, la Missa Solemnis y la gloriosa Novena Sinfonía, que al decir de Harvey Sachs en su libro The ninth, Beethoven and the world in 1824, se percibe como el continente del mensaje que otorga una bendición casi religiosa pero no confesional a todas las personas, instituciones y empresas “buenas” y “justas” y que, por tratarse de un símbolo de libertad e igualdad, ha sido utilizada por liberales y conservadores, demócratas y autócratas, nazis, comunistas y anarquistas alrededor del mundo.

Beethoven es el más célebre de los compositores privados de la facultad de oír, pero no es el único. Pueblan esa galería personajes como el insigne bohemio Bedrich Smetana, considerado el padre de la música checa y el no menos famoso creador y pianista francés Gabriel Fauré, todos con una característica común: el tesón para hacer realidad su propósito superior a pesar de sus limitaciones auditivas. Por esto resulta incomprensible que tantas décadas después de las lecciones de perseverancia y tenacidad que nos dan estos autores, aún encontremos sordos voluntarios que, con su sentido del oído inalterado, se niegan a escuchar.

Abundan los sordos por determinación propia en todas las esferas de nuestra sociedad, desde gobernantes que con obstinación desatienden los clamores de sus pueblos, hasta directivos empresariales que censuran a-priori las ideas de sus subordinados imponiéndose a sí mismos la triste condena a permanecer rodeados de mudos, pasando por individuos desconsiderados que se rehúsan a escuchar, sin entender que con su actitud afectan a sus conciudadanos.

Por cuenta de quienes desoyen las instrucciones de autocuidado y de distanciamiento social, el país vive la situación más crítica en materia de capacidad hospitalaria desde que comenzó la pandemia. Ojalá que el año nuevo nos traiga a todos la sensatez necesaria para escuchar, dimensionar, entender y afrontar los desafíos que ya se vislumbran.