Miles de páginas se han escrito resaltando los aciertos de Jacinda Ardern en Nueva Zelanda, Angela Merkel en Alemania, Tsai Ing-Wen en Taiwán, Mette Frederiksen en Dinamarca o Sanna Marin en Finlandia, en contraposición con los notorios fracasos de Donald Trump en los Estados Unidos, Giuseppe Conte en Italia, Jair Bolsonaro en el Brasil, Andrés Manuel López Obrador en México o Boris Johnson en el Reino Unido, en cuanto al manejo de la crisis de salud, económica y social ocasionada por el covid-19.

Más allá de los afectos o malquerencias que estos gobernantes puedan motivar, o de las especulaciones sobre la evolución de la pandemia, emerge con fuerza la sensación de que los países liderados por mujeres están en mejores manos. Frente a la pregunta obvia de cuál es el origen de esta percepción, me atrevo a sugerir que la respuesta nos la propuso Kamala Harris, la inteligente, lúcida y flamante vicepresidente electa de los Estados Unidos en un breve y emotivo discurso entregado el pasado 7 de noviembre cuando pronunció una frase que pone en evidencia su talante, anticipa su estilo de trabajo y descubre la médula de su liderazgo: “soñar con ambición, liderar con convicción”.

Mientras la señora Harris deslumbra al mundo con su carisma, el ocupante actual de la Casa Blanca parece estar soñando sin convicción y liderando con ambición. Ilusionado con un imposible segundo período, se niega a reconocer el triunfo de su oponente, fustiga a sus contradictores, insulta y amenaza, a sabiendas de que su era concluye de manera sombría el miércoles 20 de enero y que está dejando como herencia el amargo recuerdo de un ególatra que puso sus intereses personales por encima de los arraigados valores democráticos de su país.

Ojalá en el momento de publicar estas reflexiones, Donald Trump haya aceptado con humildad y gallardía el dictamen de 78 millones de estadounidenses que se rehúsan a dejar de ser las riendas del caballo que avanza por el camino institucional para convertirse en las herraduras que pretenden pisotearlo.

Los líderes sueñan con ambición; con el genuino anhelo de dejar un lugar mejor que el que recibieron. Soñar sin ambición equivale a sacrificar la innovación, a someterse a la aterradora dictadura del estatus-quo o a aceptar la derrota antes de dar la batalla. Liderar con convicción consiste en aferrarse con seguridad y coherencia al propósito mismo del mandato recibido; no hacerlo de esta forma implica desconocer el valor de su propia influencia y desconfiar de su capacidad para obtener resultados a través de las personas.

Uno de los mayores retos que enfrenta un líder consiste en evitar la tentación de privilegiar sus ambiciones personales pasando por alto la finalidad de su encargo, y así caer en una evidente paradoja, pues el afán de obtener provecho propio contradice la esencia misma del liderazgo. A lo largo de la historia encontramos numerosos ejemplos de gobernantes, funcionarios públicos y directivos del sector privado que han ejercido el poder con voraz apetito y poca convicción, orientados por sus intereses individuales y buscando mayor autoridad o bolsillos más llenos.

Los resultados de esta distorsión nefasta están a la vista de todos: el aumento de la desigualdad, la corrupción y la quiebra de empresas, son algunos de los hijos más notorios de la ambición desenfocada de aquellos personajes soberbios que andan por el mundo convencidos de que el poder es un privilegio que les pertenece y no una responsabilidad que tiene más obligaciones que derechos.