.
Analistas 06/03/2021

Los límites de la razón

Gustavo Moreno Montalvo
Consultor independiente
La República Más

Los humanos exaltamos la razón como juez infalible para tomar decisiones con información incompleta. Construimos narrativas cuya consistencia formal las hace parecer adecuadas sin poner en tela de juicio su poder predictivo. Solo somos conscientes en pequeña proporción de nuestra base de datos mentales, que incluye criterios interpretativos. No todas las decisiones atañen solo al protagonista; más bien lo que beneficie o perjudique a la especie lo afecta, pero el inevitable sesgo individualista es incompatible con restricciones éticas; cabe recordar la regla de Kant: “obra de tal manera que tu conducta pueda ser norma universal”. La identidad misma de quien decide tiene zonas grises, pues el conjunto de personas que gozan de sus afectos puede contener incompatibilidades.

En general, la diferencia entre lo correcto y lo errado suele no ser muy clara. La filósofa inglesa Philippa Foot formuló un ejemplo elocuente hace más de medio siglo: un tren va a toda marcha; un observador detecta cinco personas amarradas en la vía, que serán arrolladas a menos que él use una palanca que pasaría el tren a otro par de rieles, donde hay una persona; el observador puede no hacer nada y permitir la muerte de cinco personas, o decretar la muerte de una persona como consecuencia de su intervención. Es difícil establecer cuál es la decisión acertada: sería preciso calcular todos los desenlaces en todas las opciones en cada momento y ordenarlos según su probabilidad para tomar decisiones con pleno respaldo de la razón.

El mundo es cambiante; describirlo con precisión es imposible. Además, hay móviles sin apoyo en la razón; alguna vez Bertrand Russell declaró haber descartado la segunda mitad de la definición de Aristóteles sobre la especie, animal racional. Todos los días tomamos decisiones perjudiciales para otros sin beneficio para el actor, sin fundamento o bajo el supuesto de que nadie se quejará, sin revisar implicaciones de largo plazo si todos actuáramos con esos criterios. Es regla esencial para la convivencia reconocer las limitaciones de la especie, de su forma de organizarse y de sus individuos en particular, y apoyarse en la razón como herramienta de apoyo, pese a las limitaciones enunciadas.

La paradoja es que a través del reconocimiento de las realidades se pueden construir soluciones sin necesidad de definiciones absolutas: define el segmento del universo sobre el cual se desea incidir, se especifican modelos con número limitado e igual de ecuaciones e incógnitas en forma relevante para la narrativa correspondiente; se define objetivo, sea descriptivo si se busca conocimiento, o de propósito, si se trata de modificar el desenlace de un proceso, y se verifica la razonabilidad del modelo. Esta tarea parece compleja pero no lo es, y sirve para lo más práctico: las empresas buscarán maximizar valor, para lo cual deberán evaluar diferentes opciones de plan de negocios y los riesgos correspondientes; los educadores deberán escoger estrategias según el perfil de sus educandos; los gobernantes deberán atender las necesidades de sus gobernados.

Muchos elementos de prospectiva desbordan la razón, pero ordenar lo conocido para su examen riguroso será siempre paso en la dirección correcta. Vocaciones diversas, con ámbitos diferentes, pueden cooperar de manera constructiva en ambiente fundado en el respeto, bajo la sombra de instituciones apropiadas.