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Analistas 17/12/2020

Conclusiones

Guillermo Cáez Gómez
Socio en Cáez Muñoz Mejía Abogados

Un año que modificó para siempre nuestros patrones de conducta, un año que quedará marcado en la historia por la covid-19. A pesar del sacudón, parecemos seguir peligrosamente anclados en un pasado que nos trajo al lugar donde nos encontramos y al que queremos pertenecer.

Si revisáramos el PyG del país seguro encontraríamos números rojos (que se refiere a estado de pérdidas) en casi todas las áreas. Además de ese saldo en negativo, tenemos un cúmulo de intereses que vienen desde nuestra historia como república y que hemos querido maquillar para no ser conscientes de nuestra realidad. Si a este balance le sumamos los efectos de la pandemia, estoy convencido de que, si no tomamos el toro por los cuernos, los restos del país terminarán sacrificados en una guerra de buitres.

Si bien hace mucho entramos en la industrialización de la sociedad, hoy ese concepto choca con uno de los efectos más importantes de la covid-19: la idea de que, aunque la generación de industria ha traído crecimiento, es hora de que esa curva ascendente recorra el camino de la mano de la humanización y las cifras de crecimiento sean parejas tanto en lo empresarial como en lo social. ¿Cómo hacerlo? Soy un convencido de que la educación más la investigación y el desarrollo son la doble calzada del progreso.

Querido lector, pongámonos de acuerdo en algo: es imposible transformar un país como el nuestro en cuatro años, el que mucho abarca poco aprieta y, si no empezamos a priorizar agendas, no vamos a salir del fango en donde permitimos que nos metieran.

Estando sintonizados en la misma idea, es momento también de empezar a creer que podemos romper el paradigma de los buenos y los malos apostando al pensamiento colectivo que nos permita hacer una lista corta y atender los problemas de Colombia de raíz.

Lo primero que debemos hacer es, precisamente, acabar con esas corrientes que quieren perpetuar en nuestra sociedad dicho paradigma de buenos y malos, que ha logrado ponernos en orillas tan lejanas que nuestros argumentos y anhelos no los alcanzamos a oír; luego, será hora de acercarnos a proyectar el foco de trabajo y el respeto sobre lo construido.

Así suene cliché, creo que la vía correcta es la de apostar todo lo que tenemos a la educación y la I+D teniendo como base aprovechar y mejorar la infraestructura de las universidades públicas, de manera que se conviertan en megalaboratorios de investigación de los que deberán salir las futuras patentes.

De esa manera, Colombia se convierte en un país de oportunidades, donde si se trabaja con disciplina es posible desarrollar un proyecto de vida. Esto seguro impactará la economía, el empleo y la seguridad, pues en la medida que tengamos mayor ocupación universitaria, tendremos menos deserción escolar.

¿Estamos listos? Si nos sacudimos esa idea de que solo hay una verdad y que debemos contribuir con nuestro voto responsable en depurar las listas de electos que llegan a calentar silla, no nos permitamos más catalogar a nuestro país como inviable. Es hora de un rescate.

También es hora de conclusiones, de asumir responsabilidades y de entender que, por más que pertenezcamos a la Ocde, somos el vecino sin recursos en un vecindario de millonarios. Es momento de revisar el balance y tomar las medidas, o vamos a “quebrar” y ya no será el lugar de opciones para algunos, sino para nadie. ¿Esperaremos ese momento? Yo no. Por eso estas columnas buscan su reflexión y permitirle concluir que vamos derecho al abismo y nos estamos impulsando para llegar más rápido.