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Duelo, petróleo versus ambiente

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Choque de trenes, celebrando el centenario del petróleo en Colombia, la permisiva Corte Constitucional desinhibió la explotación de recursos naturales no renovables, y el Consejo de Estado suspendió el fracking por sus riesgos sistémicos. Ésta sí es una ‘providencia’, en la acepción del cuidado de la creación y las criaturas de Dios (RAE).

Como principio de conservación del poder, la desteñida política difumina los colores del espectro visible para maquillar los riesgos ambientales, y disfrazar los medios con los que crean riqueza. Verbigracia, durante la Asamblea de la ONU, el presidente anaranjado felicitó a Duque por su política anti-drogas; obvió elogiar su corbata (naranja), y celebrar su complaciente política petrolera.

Alerta roja, no valoramos los matices de la madre naturaleza, y la economía verde sigue biche. Entre tantas incoherencias, sólo importan las reservas (económicas, no forestales), las emisiones (bursátiles) y el clima (de negocios), donde prevalecen los colores ‘patrón dólar’ y ‘oro negro’.

Así emergió la industria de fertilizantes producidos con derivados del petróleo, con los que sembraron la contraindicada Revolución Verde (Nobel de Paz, 1970). Ahora cosechamos alimentos sabor glifosato, y nuestro Gobierno insiste en legalizar el consumo de ese descendiente de los herbicidas arcoíris -tal como el agente naranja-, creados por Dow, ‘Non-santo’ y Bayern: multinacionales penalizadas por los efectos cancerígenos de sus productos.

Contrasentido, el contaminante fracking continuaría abasteciendo con insumos a esa industria que intoxica los alimentos, la plástica que ahoga los océanos, y la diésel que contamina el aire. También la que procesa cocaína, mientras California y Canadá (quinta y décima mayores economías del planeta) aprueban alimentos y medicamentos que contienen cannabis, y las acciones de sus empresas están en las nubes (junto a las petroleras).

Por otra parte, el incoherente Fondo Monetario Internacional denuncia los subsidios a los combustibles fósiles, y Colombia sigue en ‘mora’ de intervenir el parafiscal que estabiliza sus precios, pero no financia su sustitución.

La anacrónica Ecopetr-old anunció su piloto fracking -desconociendo que las empresas dinosaurio se extinguirán-, y Transmileni-old anunció que se moderniza con tecnologías del siglo pasado. No volcarlo hacia los eléctricos, histórico error distrital y del Grupo Energía de Bogotá, cuyos avergonzados rostros deberían cubrirse del color insignia de esos buses (hollín).

A propósito, esta versión 2.0 de Peñalosa, ¿merecía ser parte del Top-100 Urban Thinkers (Planetizen, 2017), por su influencia al desarrollo urbano sostenible?

Con razón, por todo lo antedicho, las admoniciones del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (Ipcc) calificaban como insuficiente lo ‘negociado’ en COP21: ese ‘deprimente’ balance genera ‘indignación’; pero, por ‘negación’ o ‘resignación’, afrontaremos un ‘duelo’ terrícola si la convención COP24 no disipa las cortinas de humo.

Nadie quiere sufrir el estado terminal de nuestro planeta, ¿verdad? Sin embargo falta voluntad -política y empresarial- para superar el ‘duelo’ petróleo versus ambiente; de momento, Nordhaus y Romer recibieron el Nobel de Economía por sus estudios sobre una ‘verdedera’ Economía Noble.

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