Analistas

Presidente “lame duck”

A Santos le queda poco tiempo para lograr la adecuada implementación del acuerdo de paz. La rebeldía de los parlamentarios, ad portas de una campaña electoral, se sentirá con toda su fuerza una vez empiece la ley de garantías y ya no podrán perder sus cuotas burocráticas. Urge una agenda legislativa ágil y eficiente.

En Estados Unidos la frase “lame duck” se utiliza para referirse a un presidente que está en la fase final de su periodo y su sucesor ya está elegido. El término se deriva de un pato que no tiene la capacidad ni la fuerza para cuidar de su manada, lo que lo hace vulnerable frente a los predadores. En el sentido político, aduce a un momento en el que la cabeza del Estado ejerce poca influencia sobre otros políticos, específicamente sobre los parlamentarios.
En un país como el nuestro, marcado por el clientelismo, ese periodo comenzará en noviembre. Los congresistas, ante una marcada impopularidad de Santos, buscarán distancia una vez sus cuotas estén garantizadas. El Partido de la U, ganador de las últimas elecciones, ya ha mostrado señales de querer migrar hacia diferentes sectores. El problema en este caso es que aún deben debatirse y aprobarse importantes leyes como la estatutaria de la JEP, la de tierras y una posible reforma política, entre otras. Una cosa fue la firma del acuerdo de paz, con dificultades y deficiencias, y otra su implementación que, a la postre, es la que marcará el futuro de Colombia.

Todo aquello que requiera el visto bueno del Congreso deberá agilizarse y así, ante el próximo debate electoral, los ciudadanos tendrán claridad del estado real del proceso de paz. De lo contrario, mucho se dirá sobre lo negociado, pero el resultado final será incierto.

A pesar de que múltiples encuestas apuntan a que el tema de la paz y la guerrilla no es la prioridad de los colombianos, en las calles y en programas de opinión suele ser el asunto más discutido y controversial. Estamos lejos de olvidar las décadas de guerra y dejar a un lado nuestra posición sobre cuál hubiera sido la mejor manera de lidiar con las Farc.

Si el presidente no se asegura de que quede aprobada esta agenda legislativa durante los próximos tres meses, se abrirá la puerta a una campaña en la cual reinarán las mentiras, las exageraciones y la falta de claridad. Nadie tendrá la capacidad -sería imposible predecir con total certeza cómo va a terminar la implementación de los acuerdos- de argumentar objetivamente quién miente y quién dice la verdad; lo que se vio en el plebiscito, pero elevado a la décima potencia.

Me preocupa que pese a tener dos excelentes funcionarios encargados de esta gestión, como lo son el ministro del Interior y el secretario general de Palacio, el escepticismo reine. Cada día más personas se sienten incómodas con una guerrilla no sometida a algún tipo de castigo por sus fechorías. El plebiscito, no obstante la derrota, tenía la ventaja de que la paz, en abstracto y como imaginario, era atractiva. La realidad actual es menos romántica y limpia. Por ende, al presidente se le vienen los tres meses más difíciles de sus ocho años. Esta es la única oportunidad que le queda si quiere irse con alguna certidumbre acerca de cómo finalizará el proceso de paz.
Por el bien del país y del debate presidencial que se avecina, hago un llamado a todos los congresistas a que trabajen diligentemente y dejen claras las reglas de juego.