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Obsesionados con el PIB

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En el imaginario colectivo, el crecimiento del PIB está relacionado con el desempeño de un país. Esta noción es totalmente desacertada. Este indicador tiene todo tipo de deficiencias pues no mide el bienestar de los ciudadanos; no obstante, presidentes en el mundo entero son aplaudidos o condenados dependiendo de las tasas que logren. Esto debe cambiar.

La atención que se le presta al PIB es desproporcionada, al punto que la mayoría de los lectores podría saber cuál fue el crecimiento económico del 2015. Sin embargo, seguramente desconocerá cuál fue la tasa de NBI y Gini durante ese año.

El premio Nobel de economía Stiglitz suele decir que existe un “fetiche por el PIB”. Colombia no es la excepción. Hace pocos meses vivimos un debate entre Cárdenas y el FMI. Cada uno estimaba una tasa diferente para 2016 (3,5% vs 2,8%). Entre más alta quedara la proyección, el ciudadano de a pie creía que le esperaba un mejor año. Se equivocan.

El PIB no es una cifra confiable en términos de calidad de vida. Existen múltiples factores que le generan problemas y que abren el debate sobre lo que realmente debería estar guiando las decisiones de un país. El libro de Stiglitz y Sen, “desmidiendo nuestra vidas”, hace una magistral crítica. 

En este, los autores dividen las deficiencias del PIB en tres grupos: posibles mejoras en la medición actual, el bienestar de los ciudadanos por encima de la producción y la sostenibilidad. 

Frente al primer grupo, resaltan que hoy en día, en muchas industrias el incremento de producción (lo que mide el PIB) se da por mejoras en la calidad de los productos y servicios más que por la cantidad. Medir ese cambio en calidad es extremadamente complejo y hoy no es preciso; no obstante, no hacerlo lleva a que las cifras de consumo e ingresos reales no sean acertadas. 

El segundo grupo es crítico y toca el tema del bienestar. Para ilustrar, es posible tener un país cuyo PIB creció durante un período; sin embargo, la calidad de vida de sus ciudadanos empeoró. Por ejemplo, una mina que causa daños al agua de una comunidad. Hay mayor PIB pero menor calidad de vida.

Adicionalmente, al incluir medidas de bienestar, es crucial revisar la distribución del ingreso, el consumo y la riqueza pero no solo enfocado en lo promedios nacionales. Un incremento de ingreso para un rico puede jalar los promedios hacia arriba mientras el resto de la población puede estar peor. La desigualdad debe ser parte integral de las mediciones por lo cual la media es más diciente que los promedios. 

Además, se deben medir las “capacidades” de los individuos de tener libertad para lograr sus objetivos. La calidad de vida de una persona depende de condiciones tanto subjetivas (felicidad) como objetivas (acceso a salud y educación), las cuales deben jugar un rol importante en las mediciones.

En el último grupo, los premio Nobel hacen recomendaciones para no dejar atrás la sostenibilidad en este tipo de mediciones. Aunque reconocen que se necesitan varios indicadores aun por determinar, son enfáticos en que es necesario medir los diferentes factores que son cruciales para que el planeta no colapse. Por ejemplo, la concentración de gases de efecto invernadero tienen que ir de la mano de variables económicas y de bienestar.

Hay una obsesión por el PIB. Gobiernos suben y caen por esta cifra. A pesar de esto, pocos se dan cuenta de que esta medición no refleja la desigualdad y el bienestar. Mientras se inventan algún indicador integral que lo reemplace, valoremos el resto de mediciones que por lo general pasan a un segundo plano.

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