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La paz no es pecado

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Hace más de un mes que aprovecho las pausas que brindan mis obligaciones académicas en el Externado de Colombia, para repasar la exposición abierta que celebra los 150 años de la Constitución de Rionegro que condensó el ideario del liberalismo radical y que luego de la desaparición de los Estados Unidos de Colombia inspiraron la fundación de nuestra universidad. Así, y como siempre sucede con la historia, su vigencia no nos deja de sorprender, mientras el mundo y -según las encuestas- la mayoría de los colombianos celebramos el consenso alcanzado en La Habana entre el gobierno y las Farc en materia de participación política, otros, al estilo del que fuera obispo de Pasto hace 100 años, siguen llamándonos a mantener una guerra excusándose en el cinismo y las atrocidades cometidas -que nadie discute- y en las supuestas imposibilidades del ordenamiento internacional frente al proceso de paz.

Ezequiel Moreno, el citado obispo de Pasto, con una convicción política formada en los conflictos europeos entre la Iglesia y el Estado, llegó al país con un contingente de religiosos y religiosas traídos por el Gobierno de la regeneración. Su más famoso escrito, que se puede ver en la exposición externadista, O con Jesucristo o contra Jesucristo o catolicismo o liberalismo. No es posible la conciliación de 1898, fue una respuesta al presbítero Baltasar Vélez, autor del folleto Los intransigentes, que en una actitud conciliadora se oponía al llamado que hiciera el clero colombiano a los conservadores para iniciar una nueva guerra santa contra los liberales. Fray Ezequiel, con el argumento de que el liberalismo era pecado, prohibió la lectura de las páginas del presbítero antioqueño e incluso más tarde logró que fueran proscritas por heréticas en un decreto de la “Santa Romana Universal Inquisición”.

En la Colombia de hoy cuántos líderes de opinión -algunos incluso desde las instituciones del Estado- al igual que el obispo de Pasto, y parafraseando a Malcolm Deas, no entienden que la esencia de la política es la concesión. Fray Ezequiel vivió predicando que el liberalismo era “enemigo fatal de la Iglesia y del reinado de Jesucristo y ruina de los pueblos y naciones”, y quiso enseñar esto, aun después de muerto, “deseo que en el salón donde se expone mi cadáver, y aun en el templo durante las exequias, se ponga a la vista de todos un cartel grande que diga: El liberalismo es pecado”, sin embargo, el devenir de la nación no le dio la razón y la conciliación fue posible, tanto que la Iglesia colombiana hace ya muchos años apuesta en forma decidida por la paz.

En nuestros días -si bien cada vez con menos frecuencia- la exigencia intransigente de sometimiento a una doctrina o práctica establecida es una realidad, como lo vimos con los talibanes que se opusieron a bala contra una niña que osaba educarse o el Tribunal Constitucional dominicano que negó, con el aval del arzobispo de Santo Domingo, el derecho fundamental a la nacionalidad de Juliana Deguis Pierre por ser hija de haitianos migrantes irregulares, mientras en Colombia, algunos se empeñan en que las futuras generaciones sigan viviendo en una guerra fratricida. 

No a “los intransigentes” de hoy, la paz negociada no es pecado, el ordenamiento internacional la fomenta y ampara, y como Malala Yousafzai, la desafiante colegiala paquistaní de 16 años que lucha por recibir educación, “ellos solo disparan contra un cuerpo pero no pueden disparar contra nuestros sueños”.

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