Analistas

Entre Moscú y Bruselas

Como contrapeso a la Unión por el Mediterráneo que propuso Sarkozy el 7 de mayo de 2009, nació en Praga -a instancias de Suecia y Polonia, y secundados por la República Checa-, la denominada Asociación Oriental entre la Unión Europea y seis exrepúblicas soviéticas: Azerbaiyán, Armenia, Bielorrusia, Georgia, Moldavia y Ucrania. No obstante, su nacimiento fue deslucido -por la ausencia de los responsables de Francia, Italia, Reino Unido, España, Portugal, Austria, Letonia, Chipre y Malta- y dejó entrever que no todos comulgan de la misma manera con la política de vecindad de la UE.

Por su parte, Rusia forma una unión aduanera con Bielorrusia y Kazajistán y presiona a Ucrania para que se sume. Es en este contexto donde surge la crisis de Ucrania, que como explicamos en nuestra columna del pasado 10 de diciembre, puso en jaque a Viktor Yanukóvich, su entonces presidente, quien entre Moscú y Bruselas, sopesaba además, el necesario apoyo de Putin para su reelección y para la reducción del precio del gas o suscribir el Acuerdo de Asociación -que incluye el libre comercio- con la UE.

Los que protestaban en las gélidas calles de Kiev, no solo desconocían las presiones del Kremlin, que recordaban al gobierno ucraniano la deuda de US$7.000 millones, mientras les hacían saber que en 2015 las puertas del mercado laboral ruso se cerrarán para los trabajadores de países extranjeros que no pertenezcan a la Unión Aduanera, sino que además olvidaban que Rusia es el principal destino de sus exportaciones (30% en 2012) y Ucrania es el primer socio de Rusia en el ámbito de la Comunidad de Estados Independientes.

Así, Yanukóvich suscribe con los indignados un acuerdo para adelantar comicios, configurar un gobierno de unidad nacional y reformar la constitución con el aval de la diplomacia francesa, alemana y polaca. Con todo, a las 24 horas se precipitó su caída y occidente no la condenó. Hoy todos los que ignoraron el peso de Rusia en la encrucijada ucraniana sí recuerdan el principio imperativo de no injerencia.

Hoy Crimea tiene una presencia masiva de tropas rusas, con el beneplácito de su población, mientras su Parlamento convoca un referendo para corregir el traspaso de este territorio que de Rusia a Ucrania hiciera el Secretario del Partido Comunista de la Urss en 1954. Si nos remitimos a precedentes no muy lejanos las regiones de Abjasia y Osetia del Sur que Georgia perdió con Rusia en la guerra de 2008, siguen bajo el poder de este último, pese a que se comprometió a retirar sus tropas y que occidente le impusiera sanciones. Así, Crimea, seguirá en manos rusas y si la Unión Europea no recupera la senda de su pretendida política exterior, regresaremos a los años de la guerra fría.

Desde el inicio de esta columna, hace ya más de un año, hemos reiterado que de las tres estructuras normativas que componen la unidad formal del ordenamiento internacional (soberanía, cooperación y solidaridad), en la primera el Estado actúa libremente con fundamento en su soberanía en todo lo que cree no hay un consenso común, de ahí que con el pretexto legítimo de las violaciones de derechos humanos, avale golpes de Estado olvidando la no injerencia. Sin embargo, la realidad nos recuerda, como el nombre de esta columna, que la frontera es el derecho internacional, y que los que apuestan, sea de buena fe, o los cargados de ideología e intereses, por las salidas de facto en las convulsionadas Turquía, Tailandia y Venezuela se equivocan.