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La paz con el M-19, una tarea por aprender

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Quienes tuvimos el inmenso honor de estar en la Constituyente del 91 conocemos las bondades de firmar un acuerdo de paz con los movimientos al margen de la ley. La Constitución del 91 fue el final de ese proceso que hoy tiene 25 años y que inició con la entrega de las armas del M-19.

El camino del diálogo siempre será más fructífero y sensato que la lucha armada. La sociedad está en constante evolución y nunca termina su tarea. El reto es cómo mejorar.

Decidieron crear una guerrilla para consolidar un proyecto no totalitario que contó con el apoyo de la clase media urbana, parlamentarios anapistas y viejos militantes de las Farc. La confrontación armada la predicaron e impulsaron como respaldo a la lucha electoral, en respuesta al  descontento por la derrota presidencial de la Anapo en 1970. Así nace la guerrilla urbana en Colombia, así nace el M-19.

Un grupo importante de intelectuales también los acompañó y tuvieron fuertes nexos con universidades, barriadas y organizaciones sociales. Tenían un sentido nacionalista y plural.

Su máximo líder fue Bateman quien con un estilo muy peculiar, utilizó simbolismos al estilo ‘Robín Hood’, como el reparto de leche en los barrios populares de Cali o el robo de la espada de Bolívar para llamar la atención de todo el país, pero también se cometieron crímenes, en forma excepcional, como el asesinato de José Raquel Mercado, el líder sindical más importante de la época.

El reintegro a la vida civil del M-19 marcó un precedente. Era parte de un proceso revolucionario latinoamericano que junto a los Tupamaros (Uruguay) y los Montoneros (Argentina) creyeron que podían acceder al poder por la lucha armada a corto plazo, pero pronto se dieron cuenta de sus limitaciones y decidieron entregar las armas y participar en la construcción de la sociedad a través de los diálogos de tú a tú con la clase dirigente y la sociedad civil.

El máximo escenario de este proceso fue la Asamblea Nacional Constituyente. El M-19 eligió un grupo importante de colombianos para convertir sus ideales en preceptos constitucionales.

Atrás había quedado el robo de las armas del Cantón Norte, el secuestro masivo de diplomáticos en la Embajada de la República Dominicana, la sangrienta y muy difícil toma del Palacio de Justicia y el secuestro de Álvaro Gómez Hurtado. 

En su momento era muy difícil creer que ese proceso de paz llegara a algo positivo, no les perdonaban sus acciones violentas. Sin embargo, el mismo M-19 se encargó de demostrar que estaba dispuesto a no utilizar las armas y buscar la paz.

El gobierno de Virgilio Barco, en su momento, inició las conversaciones de paz y también, como ahora, hubo discusiones fundamentales sobre amnistías e indultos, no acerca de la “justicia transicional”. Hubo que traer a la Internacional Socialista para verificar la entrega de armas y acompañar su destrucción en una siderúrgica de Cali.

La ciudadanía les otorgó tal credibilidad que logró 30% de la votación y de los escaños de la Constituyente, una representación que logró significativas transformaciones.

Esta experiencia con el M-19 fue muy enriquecedora y hoy debe servirnos de modelo y guía porque, incluso, superó el obstáculo más grande: la muerte de Pizarro, asesinado como parte de una serie de magnicidios, el de Luis Carlos Galán, Bernardo Jaramillo y José Antequera, que hoy se investigan por sus evidentes similitudes como parte de una misma conjura contra el Estado.

Los 25 años de la entrega de armas del M-19 tienen que servir para analizar los esfuerzos que realiza el gobierno Santos para lograr un acuerdo de paz que, a pesar de todas las dificultades, nos servirá para que este siglo sea el más democrático y pacífico de Colombia en toda su historia.
 

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