Estamos viviendo un momento histórico por el coronavirus, que alcanzó cobertura universal, a pesar de que algunos presidentes alardearan de no prestar atención a algo que sería pasajero.

Hoy nos aterran imágenes de pilas de muertos que no son enterrados y que deben ser quemados o arrumados en contenedores refrigerados. También nos obsesiona el deterioro de la economía y su impacto en la pobreza y los más necesitados.

Nuestros gobernantes a nivel mundial y en especial los locales redoblan esfuerzos para atender las consecuencias del Covid en la vida cotidiana y han ordenado y convencido a la gente de la necesidad de quedarse en casa.
Esta vida de encierro nos ha hecho redescubrir asuntos dentro de nuestros hogares como que ya no podemos sobrevivir sin internet y sin servicios públicos adecuados. Estos han sido nuestros grandes aliados.

Disfrutamos el calor familiar y ese contacto con nuestros hijos y personas más allegadas por la vía telefónica no tiene precio.

Revisamos libros, fotos, películas que no habíamos podido ver y, a través de programas de televisión, viajamos a grandes museos del mundo y espléndidos parques naturales. Verdaderamente el tiempo no alcanza.

También ha tocado limpiar cajones, baúles, clóset para poner en orden todo y reencontrarnos con nuestro pasado y con documentos que fueron la base de decisiones cruciales en la vida. Así nos fortalecernos hacia el futuro.

Habíamos sido criticados por las montañas de libros y valiosos apuntes investigativos que guardamos y ahora tenemos tiempo para manosearlos, recordarlos, leerlos y clasificarlos. Hemos vuelto a revisar hasta los viejos apuntes de la universidad.

Montamos una especie de gimnasio improvisado en la sala para hacer entrenamientos, flexiones, abdominales con el uso de los muebles, subimos varias veces las escaleras del edificio y trotamos alrededor del corredor.

Nos hemos acercado al encanto de las nuevas tecnologías para hacer teletrabajo, tertulias a través de plataformas digitales como Zoom, Team, Houseparty, además una serie de páginas web con herramientas lúdicas que nos permiten hacer aprendizajes y a través de videojuegos, incursionar en procesos educativos que nos permitirán estar cada vez más en casa; ese será el nuevo mundo del futuro.

Otros grandes beneficiados son los nuevos negocios. A pesar de la cuarentena y, gracias a la tecnología, se han utilizado estos espacios de tiempo para muchas conversaciones con posibles socios o proyectos políticos y académicos hacia el futuro.

Otra gran mayoría sufre en carne propia de la disminución de producción, de ventas y cobro de cartera. El desafío es adecuarse a la nueva dinámica.
Los correos y los memes se han vuelto más ingeniosos, divertidos y cada uno nos deja una enseñanza. Así nos adaptamos.

También hay aspectos negativos. Mucha gente siente que le hace falta el contacto social, les ha tocado manejar fobias que han salido con el encierro, lo que ha volcado a estudiar su sistema nervioso. Se ha popularizado el chiste “que ahora sí se entiende que la casa por cárcel es un verdadero castigo”.

Otros hemos descubierto la riqueza académica, la paz y la armonía y ni que hablar de la experiencia de preparar por sí mismos los alimentos.

Es un cambio sustancial en nuestras costumbres que tiene que ver con nuevas maneras de educación, diferentes manejos de las relaciones de la familia y cambios en la alimentación.

La gran pregunta que queda es si nos acostumbraremos, otra vez, a la antigua vida de horario rígido de trabajo en las oficinas, en las universidades y a la vida agitada de la calle. Hemos redescubierto la casa.