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Analistas 20/11/2015

Santos jugando como James

Edgar Papamija
Analista
La República Más
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La Selección Colombiana de Fútbol, como todo el mundo lo pudo observar, hizo ante Argentina una desastrosa presentación que refleja un estado de ánimo alterado, inseguro y un tanto apurado, sin la confianza que se le vio en otras ocasiones. El líder de la Selección, James Rodríguez, no pudo ocultar su desespero. En un momento determinado olvidó su misión de organizar el equipo e impulsarlo, y procedió a empujar físicamente a sus compañeros como muestra palpable de su angustia. Algo similar ocurre con el presidente Juan Manuel Santos, a quien se le nota apurado por obtener resultados, en el corto plazo, en materia de paz, y por momentos olvida su condición de líder de la Nación tratando de obtenerlos a empujones. Hay la sensación de que falta serenidad y sosiego para seguir avanzando en el difícil camino de convencer a la ciudadanía de la conveniencia del proceso; y a las Farc, de la inconveniencia de seguir jugando a prolongarlo indefinidamente bajo la errada convicción de que el tiempo juega a su favor. 

Está claro que el país quiere la paz y está claro que el Presidente recibió un mandato fresco, en las pasadas elecciones, cuando los voceros de la oposición al proceso de La Habana sufrieron un duro revés. Fijar fecha para la firma de la paz y acordar sistema de refrendación de los acuerdos, es caminar en la dirección correcta para recuperar la confianza que se estaba perdiendo, pero el Presidente y el Gobierno no pueden perder de vista que precipitarse, puede traer consecuencias no deseables. 

El afán por firmar la paz está entrando en conflicto con la economía del país. La necesidad de recursos frescos comienza a ser preocupante en la actual coyuntura, pese a algunos síntomas, como el repunte de la producción y la esperanza de que nuestro crecimiento esté por encima del 3%. Lo grave es que frente a la desaceleración de la economía, la inflación, el crecimiento del déficit comercial y fiscal, la devaluación del peso y la caída de los precios del petróleo, es inaplazable la reforma tributaria y un ajuste en los gastos, no solo para afrontar la falta de recursos, sino para cubrir los costos de la firma de los acuerdos, sobre los cuales, todas las cifras se quedan cortas, especialmente al leer los documentos, que hasta ahora se conocen, donde el Gobierno prácticamente se compromete a hacer todo lo que no se ha hecho en casi 200 años de vida republicana.

Si el 23 de marzo no se firma la paz, quedaría un estrecho margen de tiempo. para su firma y refrendación, hasta el 20 de julio, cuando Gobierno y Congreso no podrán seguir hurtándole el cuerpo a la reforma tributaria, con temas altamente contenciosos e impopulares como el ajuste del IVA y el malhadado y controvertido impuesto a las bebidas azucaradas que sale a la palestra siempre que hay dificultades fiscales. Al mismo tiempo, tendrán que abordar el tema de la reforma pensional, que es inaplazable y forma parte de las recomendaciones de la Ocde. El plazo es fatídico. 

Es frente a este panorama que vemos a Santos dando muestras de impaciencia. Empuja al Congreso, empuja a De la Calle, empuja al Vicepresidente, empuja a Timochenko, generando un ambiente de inseguridad que no es el mejor para los difíciles tiempos que se avecinan. Preocupa entonces que nos estemos metiendo en un embudo donde se agota el margen de maniobra. Personalmente tengo dudas sobre la viabilidad de ese “plebiscito acomodado” a la medida de los ponentes y de algunos áulicos, sin aceptación de las Farc, descolorido frente a la opinión y con muchas dudas frente a la Corte Constitucional. Tampoco veo claro, frente a lo acordado y lo que falta, que no es poco, cómo puede mantener el Gobierno una posición inamovible, frente a la convocatoria de una Constituyente. Amanecerá y veremos.

Conclusión, hay que recuperar la tranquilidad para no perder la visión periférica que permite, no solo mantener el control de la cancha sino la perspectiva del estadio. 

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