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País de fábula

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Iván Duque, nuestro presidente, aunque usted no lo crea, es un personaje incomprendido. Él mismo parece sorprendido de vivir un mundo de ficción, con libreto prestado, en un escenario kafkiano plagado de variopintos personajes que coparon el proscenio. La confusión es tal que el nobel de Aracataca palidecería comprobando, una vez más, que la realidad supera la ficción y regresaría a su mausoleo al oír que el Presidente eterno exclama con voz aflautada: “necesitamos que Duque enderece”.

La última sorprendida fue Audrey Azoulay directora de la Unesco, exministra de Cultura y Comunicación de Francia, experta en legislación para la Comisión Europea en los ámbitos de la cultura y la comunicación, quien escuchando a Duque, seguramente trajo a su mente los genios de su tierra: Verne, Víctor Hugo, Flaubert y Emile Zola que en El Paraíso de los Gatos, narra la historia de un felino rozagante y afelpado que salió a explorar el mundo, en malas compañías, y al comprobar la dura realidad regresó a su madriguera pensando que nunca debió haber abandonado su zona de confort. La sorpresa de Azoulay impidió que nuestro Mandatario hiciera amena presentación de este País de las Maravillas, donde pese a su visión beatífica, Sherlock Holmes sería aquí un idiota y Agatha Cristie una principiante.

Para comenzar, Alicia por culpa del “conejo” cayó en un hueco o “chamba” que llaman. Nacida en el país de la eterna primavera e ingenua como las damas de su época, cree que los obreros de este reino son como las abejas que laboran sin descanso y sin soñar con una dulce jubilación. Trabajar, trabajar y trabajar fue su canción de cuna, pero cuando suenen los triqui traques de la huelga, Alicia, como en el cuento de Lewis Carrol, saldrá de su sopor y regresará a la cruda realidad de los mortales.

Si la Azoulay no hubiera mostrado ese rictus inexplicable en su rostro, seguramente Duque se habría explayado y estaríamos ante un monstruo de la ficción literaria. Frente a lo que hoy vivimos, es claro que no hay una mejor forma de mostrar la realidad que recurriendo a dos cuentos famosos de los hermanos Grimm: Los Siete Enanitos: el Gobierno, la Justicia, la Fiscalía, la Procuraduría, la Contraloría, el Congreso y la Policía, incapaces de cuidar a Blanca Nieves, con el bosque a punto de desaparecer por la minería y el glifosato y Caperucita Roja, hermosa comunicadora de altas calidades morales, víctima del lobo feroz que abusando de su poder y de su astucia la utilizó para su cena, sin que nadie se atreva a denunciarlo, pues el muy fresco, moja prensa todos los días.

Quedaron en el tintero del príncipe gobernante historias de maleantes, brujas y brebajes que la adusta francesa impidió publicitar. De haberlo permitido, el mundo habría conocido cuentos maravillosos: El Fiel Juan, Los Mensajeros de la Muerte, La Chusma, Un Buen Negocio, El Intrépido Soldadito de Plomo y lógicamente, El Pastorcito Mentiroso, censurado por obvias razones. También esperan ocasión más propicia: Alí Babá y los Cuarenta Ladrones, Rico McPato, tan de moda; la historia bíblica de Las Siete Plagas, IVA incluido, y La Peste Amarilla que cambió a Naranja por caprichos del príncipe. La frustración fue total.

Esperamos escenarios menos adustos donde pueda el presidente Duque concluir su fábula inconclusa. El mundo debe saber que vivimos como en Liliput, condenados a no crecer, amenazando con Uribe a los niños de Soacha y con Petro a los del Nogal, para que se tomen la sopa.

Colorín colorado, este cuento no se ha acabado.

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