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Guerra y gastos

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“Gastos de la Guerra en Colombia”, es el título del libro que acaba de publicar Diego Otero Prada donde hace un juicioso estudio sobre los costos del conflicto colombiano. Su lectura nos invita a reflexionar en lo que ha representado su financiación, en términos del Producto Interno Bruto, su incidencia en el presupuesto y por ende sus efectos en el desarrollo del país. Llama la atención sobre tópicos que no pueden seguir pasando desapercibidos en el debate que se adelante, de cara al plebiscito del dos de octubre, donde los colombianos expresarán su conformidad o inconformidad con lo acordado en La Habana entre el Gobierno y las Farc.

Las cifras son suficientemente elocuentes para mostrar, particularmente a los escépticos y a los radicales enemigos del proceso, que  pagamos un costo demasiado alto por una guerra absurda, como todas las guerras.

Está claro que va a haber justicia, y que solo el tiempo y la acción de los jueces de la justicia Especial para la Paz despejarán las dudas, en un país donde campea la impunidad. Se ha intentado magnificar que diez exguerrilleros vayan al Congreso, pero se cae de su peso que una institución de 268 miembros cambie sustancialmente con esa representación de las Farc, concedida en aras de facilitar su reinserción a la política. En la medida que los argumentos por la no aprobación de los acuerdos se agotan y se debilitan, es oportuno mirar los costos de una guerra insulsa que, en otras circunstancias, debieron aplicarse para saldar la deuda social que el Estado tiene con algunos sectores históricamente marginados del desarrollo. 

Colombia, según Otero, en el período de 1964 a 2016 gastó la suma de US$139.144,91 millones corrientes, que a precios de 2014 representan US$179.274,53 millones; desagrega el costo de seguridad, defensa y agrega un sobrecosto de guerra a la justicia, equivalente a 30%, para concluir que el gasto real de la guerra podría estar alrededor de US$142.000 millones.

Otero hace una comparación que sorprende: el Plan Marshall que Estados Unidos utilizó en 18 países de Europa para contribuir a su reconstrucción, después de la segunda guerra mundial, costó US$13.000 millones de la época, que a precios de 2014 serían unos US$42.000 millones; esta cifra corresponde aproximadamente a 30% de lo que ha costado el conflicto colombiano.

El libro destaca, como lo hemos hecho en otras oportunidades, que el Plan Colombia no fue la panacea que presentan algunos, pues si bien es cierto, no se puede desconocer la solidaridad del Gobierno americano, tampoco se puede sobrevalorar, para atribuirle éxitos bastante discutibles. Según la publicación, el Plan Colombia no significó más allá de 10 % de los gastos que hemos pagado los colombianos.

Según Otero, “el gasto total en Defensa, Seguridad y Justicia, de 1964 a 2016, fue de $668.250 miles de millones constantes de 2014, de los cuales 63,4% corresponde a los Gobiernos de Uribe y Santos”. En América, solo nos supera Estados Unidos en gastos militares, pues representan alrededor de 4% de nuestro PIB, llegando a ser  14,5% del total del presupuesto nacional en 2016, y en Latinoamérica ocupamos de lejos el primer lugar. No fue gratis la “violenta pacificación” ni fueron pocas las víctimas de ese doloroso tramo de nuestra historia.

Indepaz, Instituto de Estudios para el Desarrollo de la Paz, afirma que con los gastos de diez días de guerra, se pueden pagar los compromisos económicos adquiridos con todos los combatientes de las Farc. 

Si afirmaciones de esta magnitud no desarman los espíritus de quienes, de buena fe, tienen prevenciones frente a lo acordado en La Habana, queda claro que sus motivaciones no están en la ruta que todos buscamos: hacer un pequeño, pero gran aporte, para no seguir rindiendo tan alto tributo económico a la destrucción, y mas bien, redireccionar esos ingentes recursos para construir futuro y darle una oportunidad a la paz.