Analistas

¡Congratulaciones! la tarea comienza

Viajando por las carreteras del Eje Cafetero tuve la oportunidad de constatar la diversidad de un país que reacciona de manera desconcertantemente diferente frente a sucesos trascendentales de la vida nacional. El acuerdo sobre el cese bilateral de la confrontación armada, entre el Gobierno y las Farc, que pone fin a un conflicto de mas de cincuenta años, con más de siete millones de víctimas, es un hecho histórico que abre las puertas a la construcción de un gran pacto para desterrar la violencia e iniciar la anhelada reconciliación. 

Sin embargo, la noche anterior a la firma del acuerdo, era imposible comentar el tema en un bar abarrotado de ciudadanos que, consumiendo whisky, se comían las uñas por los desaciertos de Pékerman y sus muchachos frente al seleccionado de fútbol de Chile. El día del acuerdo, nadie miraba el televisor que mostraba el histórico acto de la Habana, en un restaurante de carretera, lleno de viajeros y gentes del lugar que charlaban animadamente, seguramente sobre sus preocupaciones cotidianas.

La gente reacciona según sus particulares intereses. Se equivocan quienes suponen que hay  sentimientos unánimes frente a los procesos sociales y políticos. El proceso de paz necesita un descomunal esfuerzo informativo y didáctico para que los colombianos entiendan que el tema es estructural y que tiene efectos universales que los afectan directa o indirectamente.

El problema no es de menor cuantía. Un estudio del Global Peace Index muestra que el costo para combatir la violencia en Colombia ha crecido 53% desde 2008, hasta alcanzar los US$139.481 millones, lo que representa 30% del Producto Interno Bruto (PIB). Las Farc hacen presencia en 242 municipios, según datos de la Fundación Paz y Reconciliación, pero en las ciudades del país que abrigan más de 70% de la población colombiana, su presencia no tiene significación en la vida cotidiana de sus habitantes. La Colombia urbana de hoy es diferente a la Colombia rural del nacimiento de la guerrilla. 

Es importante que los actores que se sientan en la Habana a nombre del Gobierno y a nombre de la guerrilla valoren y entiendan la percepción del ciudadano frente a lo que ahí se discute y se acuerda.

Quienes tienen reparos a lo acordado en la Habana, por diferentes razones, no siempre patrióticas, juegan y le apuestan a la indiferencia de sectores cuyas preocupaciones vitales no pasan por estos temas, y alimentan falacias que la desinformación alienta.

Pero hay más. La ausencia del ELN y la imposibilidad de sentar a esa guerrilla en una mesa de negociación es una puerta que queda abierta y una alternativa para capitalizar el fracaso. Diez mil personas entre militantes y colaboradores, que hacen presencia en más de cien municipios del país, pueden generar factores de violencia incontrolable frente a los desmovilizados y frente a los actores del proceso con impredecibles consecuencias para el futuro de la paz. 

La guerrilla tiene claro también que mientras el Gobierno no desarticule la bandas criminales asociadas al narcotráfico y al paramilitarismo, será muy difícil  y riesgoso seguir avanzando en el proceso de reconciliación. Los organismos de inteligencia, la Policía Nacional y las organizaciones no gubernamentales difieren en las cifras, pero aceptan que no menos de 12.000 personas  están vinculadas, directa e indirectamente, con las bandas criminales que actúan en 275 municipios y 27 departamentos, según datos de la Fundación Paz y Reconciliación.

Está claro entonces que no todo es color de rosa en el difícil camino que se inició en la Habana, y que son muchos los factores que se deben tener en cuenta para llevar a feliz término lo acordado. 

Bien por Santos que en esta oportunidad acertó haciendo historia; pero pactado el fin del conflicto, la tarea apenas se inicia, y es urgente involucrar activamente la sociedad para firmar la reconciliación entre los colombianos, en las calles, en los bares y en las carreteras de Colombia.