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Walter Isaacson y Evan Thomas relataron en The Wise Men cómo seis miembros del establecimiento estadounidense ayudaron a construir, después de 1945, un orden internacional basado en alianzas, instituciones y una idea sofisticada del interés nacional. Acheson, Kennan, Harriman, Bohlen, Lovett y McCloy entendían que el poder de Estados Unidos podía ser más duradero cuando se convertía en arquitectura institucional, reconstrucción económica y legitimidad política. Esa lectura ofrece un contraste incómodo con la política que Donald Trump está desplegando hoy en Venezuela.
La Casa Blanca presenta su reciente acuerdo petrolero como “el mayor de la historia”. Según su propia información, Estados Unidos obtiene derechos de gobernanza, participación económica y acceso preferencial a crudo producido en 17 campos venezolanos con unos 65.000 millones de barriles de reservas, mediante concesiones otorgadas por cien años a North American Blue Energy Partners, Nabep (The White House, 2026).
El gobierno estadounidense posee además una participación de 35% vinculada al Departamento de Defensa, mientras se anuncian inversiones de hasta US$100.000 millones. Paralelamente, Chevron proyecta invertir más de US$7.000 millones y duplicar su producción venezolana hasta unos 600.000 barriles diarios (Chevron, 2026).
El problema trasciende la rentabilidad petrolera. La política exterior de una gran potencia se juzga también por el orden que deja detrás. Los Wise Men construyeron influencia convirtiendo antiguos enemigos en socios, creando instituciones y procurando que los intereses estadounidenses pudieran presentarse como compatibles con una cierta estabilidad internacional. El enfoque de Trump sustituyó esa lógica por una transacción de recursos: acceso privilegiado al petróleo a cambio de cooperación con las autoridades venezolanas surgidas después de la captura de Nicolás Maduro.
La opacidad agrava el problema. Se señalan dudas sobre la legalidad, la soberanía venezolana y los términos de un acuerdo que concede acceso estadounidense a una porción extraordinaria de las reservas del país. Se ha documentado además el papel central de Alejandro Betancourt, empresario venezolano que anteriormente estuvo bajo investigación estadounidense por presunto lavado de dinero y que hoy encabeza Nabep, pieza principal del nuevo arreglo petrolero.
Desde la perspectiva de Kennan, esta política resultaría estratégicamente estrecha. La estabilidad de Venezuela depende de instituciones, legitimidad política, reglas previsibles, reconstrucción productiva y una transición capaz de ser reconocida por los propios venezolanos. Un acuerdo centenario sobre recursos naturales, negociado bajo una enorme asimetría de poder, puede producir barriles y contratos sin producir legitimidad.
Trump parece estar convirtiendo una oportunidad histórica -ayudar a Venezuela a reconstruir su economía y sus instituciones después de décadas de autoritarismo y deterioro productivo- en una operación geoeconómica cuyo éxito se mide principalmente en reservas, precios y acceso energético.
Los Wise Men comprendieron que la hegemonía se sostiene cuando otros países encuentran razones para participar en el orden creado por la potencia dominante. Si Washington aparece como beneficiario directo de la vulnerabilidad venezolana, el resultado puede ser exactamente el contrario: petróleo para Estados Unidos, pero menos legitimidad para Estados Unidos en América Latina. El beneficio inmediato puede terminar debilitando el activo más difícil de reconstruir: la confianza en el liderazgo estadounidense y sus compromisos democráticos. Y esa diferencia puede tener consecuencias durante muchas décadas.
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