Analistas

Globalización antipática

Las alertas que están llegando desde los gremios de los textiles y las confecciones hacen recordar una historia que escuché de una empresaria española cuando coincidimos en un tramo de la peregrinación a Santiago de Compostela. Su historia da cuenta que se cosecha lo que se siembra y bien pudo haberle ocurrido o estarle ocurriendo a diferentes tipos de empresarios en todo el mundo.

Resulta que ella heredó una fábrica de textiles que había pertenecido a sus padres y abuelos. La empresa fue establecida en un municipio de la Comunitat Valenciana en España, y con el paso del tiempo llegó a crecer tanto que era una importante generadora de empleo en su región, tenía ventas locales importantes pero así mismo había logrado llegar a mercados internacionales. Su éxito, según me narró, se basaba en el tipo de tejido, muy particular, que lo hacía apetecido en el mercado de confecciones. Vinieron épocas duras, las ventas cayeron y requirieron nuevas estrategias, razón por la cual decidió mandar parte de la planta a un país asiático, siguiendo consejos de colegas.

Esta mujer, no estaba convencida de mover parte de la producción que durante años había estado en el mismo lugar y a cargo de diferentes generaciones de trabajadores de su municipio, pero su opinión cambió al ver los resultados de los primeros años de manufacturar en el país elegido. Mejoró su margen de ganancia, aumentó sus ventas, abrió nuevos mercados y ante tal balance decidió posteriormente cerrar la planta en Europa. Una vez cerrada la producción en España, se trasladó completamente a Asia, para supervisar desde allá las labores de la fábrica y la gestión comercial de su deslocalizada empresa.

Cuando pensó que todo estaba bajo control, uno de sus clientes en España, le reclamó por estar vendiendo sus telas en el mercado a un precio inferior al que ella usualmente le ofrecía. Al revisar lo que estaba sucediendo descubrió que varios de sus exempleados en ese país habían montado una fábrica cerca a la suya, y estaban manufacturando el mismo textil que durante años solo lo había hecho su empresa. Para hacer corta la historia, la empresaria no aguantó la competencia de sus exempleados y tuvo que venderles su fábrica aunque no vendió la marca.

Su espíritu emprendedor la hizo volver a donde nació la empresa, planeaba empezar nuevamente en su municipio valenciano. Al llegar a casa no encontró a sus extrabajadores pues habían migrado a otras ciudades y países a buscar empleo. Finalmente, la empresaria decidió mantener la marca pero como distribuidora y hoy vende tela importada desde Asia, comprándole a quienes alguna vez empleó y a quienes les enseñó a elaborar su tejido. Cuando nos encontramos peregrinando, me contó que hacía el camino de Santiago para agradecer a Dios de que a pesar de todo aún tenía un sustento para ella y su familia.

La globalización tiene muchas caras, algunas mejores que otras y el malestar en ella no es solo lo que mencionó el Nobel Joseph Stiglitz en 2002. La globalización económica confirma que somos sociedades suma cero, como lo dijo alguna vez el gran economista Lester Thurow, cuando explicó que en una economía no hay crecimiento o progreso real, debido a que si una persona, empresa o país gana o crece, lo hace a costa de la pérdida o decrecimiento de otra persona, empresa o país. Comprar barato el contrabando sale caro, pero producir barato puede serlo también, no es solo un tema de aranceles a las importaciones o impuestos que siempre perjudican. Buen camino.