Es costumbre tener opinión formada de todo y saber qué se debe hacer en cada caso. Piense en cualquier tema y verá cómo en cada uno tiene algo claro que decir y sabe con relativa certeza qué está bien y qué está mal.
No soy la excepción.

Pero en este caso de la pandemia, y si debemos mantener en parte la cuarentena, por cuánto tiempo, quiénes sí, quiénes no, si deben entrar los colegios o si deben seguir por internet (donde eso es posible), en fin, si debe prevalecer el cuidado de la vida o de la economía, no sé qué decir. Estoy confundido.

Me parece claro que algunas personas y sectores deben volver al trabajo, a una relativa normalidad, que es imposible mantener a todos encerrados y con subsidios si algunos no producen esos subsidios. Pero también comprendo que salir con normalidad en este momento es arriesgar la vida de una forma en la que, hasta ahora, no la arriesgábamos. ¿Cuándo se justifica y cuándo no?

Entiendo el afán de los empresarios, de los comerciales, de quienes miran el panorama global con perspectiva estadística; pero también entiendo a los médicos y a los que tienen que arriesgarse y que palpan la realidad inmediata verdadera de la enfermedad y ven las muertes de cerca.

Creo que no soy el único confundido. Me imagino que en unos años aparecerán unos estudios muy interesantes que mostrarán cuáles fueron las políticas más exitosas, dónde se falló, dónde se acertó, qué países mintieron en sus informes, cuáles aplicaron las estrategias más efectivas, si debieron abrirse los vuelos, los colegios y las playas antes o después.

Muchas de las cosas que han pasado, vistas desde hoy, eran previsibles y esperables; sabíamos que iba a pasar algo así algún día, pero siempre pensamos que ese día sería mañana y no hoy. Quizá sea solo una anécdota, pero llamar a la enfermedad “covid-19” me da la sensación de que quienes así la bautizaron pensaron que se trataba de algo regional y transitorio, o si no, ¿para qué el “19”? Es decir, aunque eran los primeros llamados a reconocer la magnitud de lo que se nos venía encima, no lo hicieron. Y no los culpo, somos humanos.

Lo que me asusta es que los gobernantes y los directivos no son personas a las que les es permitido dudar. Se supone que, si están allí, es porque saben en cada situación y en cada momento qué hacer, y que lo saben con certeza y capacidad de acción. ¿Alguien ha visto a algún directivo dudar en público? ¿En algún discurso ha oído usted a un político afirmar que no sabe bien lo que habría que hacer, incluso ante preguntas extrañas de los periodistas? Quizá sería su muerte.

Y, sin embargo, lo sensato posiblemente fuera votar por quien no siempre sabe qué hay que hacer, porque ese político o directivo, al llegar a cargos de mayor responsabilidad es más probable que pida y, sobre todo, oiga consejos, busque ayuda y esté dispuesto a rectificar.

Reconozcamos que estamos confundidos y vayamos paso a paso, sabiendo que nos podemos equivocar, que debemos escuchar, que no es momento de mostrar una falsa seguridad y que queremos llegar todos vivos a la otra punta de la nueva normalidad.