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Analistas 21/02/2023

Dos lánguidas marchas

Carlos Ronderos
Consultor en Comercio y Negocios Internacionales

Dos lánguidas marchas que ocurrieron la semana pasada son indicio de la pobreza de la política y de las ideas en el panorama colombiano. Con el facilismo propio del llamado a la pasión, las arengas reemplazan las ideas y los discursos vacíos sustituyen el debate profundo de la realidad y de los grandes retos de una nación sin rumbo. Dos lánguidas marchas que mostraron que ni las multitudes se avalanchan a defender al gobierno, ni los detractores del gobierno tienen la fuerza para deslegitimar las acciones del gobierno. La pobreza del debate se centra en demostrar que minoría fue más grande.

Se ha alertado hasta la saciedad los peligros que para la democracia resultan ser estos llamados “a las masas” por parte del gobierno que cree que subsana la debilidad de algunas de sus propuestas con la presión de las calles tratando de imitar lo que sucedió de manera espontánea en las crisis post pandemia. Ya de por si tenemos una democracia frágil donde la compra de votos socaba las reglas claras de la representatividad y la “mermelada” neutraliza la libre expresión de los elegidos y debilita lo poco que queda de democracia e independencia en el congreso y las entidades de control, y este llamado no hace más que ayudar a dar el puntillazo final al remedo de democracia del cual tanto nos preciamos. No es sorprendente que en el Democratic Index de The Economist nuestro país aparezca en el rango de las democracias fallidas que se define como “aquellos que tienen una gobernanza no efectiva y baja participación política”.

Por su parte la oposición carece de la coherencia ideológica o de los liderazgos necesarios para encender con ideas en el foro de la democracia, que es el congreso, la imaginación de una nación con un rumbo diferente. Los partidos del establecimiento se dividen entre los que participan del botín burocrático y aquellos a los que nos les ofrecieron y, acostumbrados a cabalgar sobre el clientelismo burocrático, no encuentran un piso solido para su accionar político. En esta ausencia de fondo, el fortalecimiento de cada uno de los bandos solo es posible mediante la polarización, acusando a su opositor de guerrilleros o fachos según sea el caso e inventado una historia que cada uno acomoda a su interés.

Lo que sucede no es exclusivo de Colombia ya que en muchas naciones la carencia de ideas y la polarización están a la orden del día. Hay motivos de sobra para alimentar el discurso de odios; los pobres contra los ricos en sociedades profundamente desiguales es un motivo poderoso, los autoproclamados impolutos contra los señalados de corrupción en unas sociedades marcadas por altos índices de corrupción desdibuja y debilita aun mas el papel de una justicia que cojea y más específicamente en nuestro caso, las existencia de ejércitos delincuenciales que giran alrededor del narcotráfico y otros delitos y cuya legitimidad política es en el mejor de los casos dudosa, y que tienen arrodillado al estado.

La verdad y la justicia nunca había sido más relativas que ahora. Si bien es cierto que la verdad y la justicia están en el ojo de quienes las juzga, las redes sociales, las “Fake News”, el descaro en el señalamiento injurioso sin consecuencias, y finalmente el desprecio por la vida hace que existan muchas verdades correspondientes a tantas concepciones morales como grupos y grupúsculos existan en la sociedad y que la justica se garantice por mano propia.

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