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La Superintendencia de Sociedades ha presentado a la ciudadanía y al sector empresarial el nuevo informe sobre “Las 9.000 siguientes empresas más grandes del país”, el cual presenta un panorama optimista sobre la salud del tejido empresarial, manteniendo el mismo comportamiento previamente evidenciado en el reporte entregado sobre las “1.000 empresas más grandes de Colombia”
Este informe destaca un crecimiento sostenido en ingresos y utilidades en la mayoría de empresas durante 2023.
Respecto a la participación por sector; De las 9.000 empresas analizadas, 354 son matrices, distribuidas así: 42% pertenecen al sector de servicios, 23% a manufactura, 20% a comercio y las restantes hacen parte de sectores como el agropecuario (5%), construcción (9%) y minero (1%).
Las utilidades de cada sector en billones de pesos fueron: agropecuario (1,3), comercio (6,5), construcción (2,1), manufactura (6,1), minero (1,8) y servicios (15,2). Vale la pena destacar que, si bien el sector agropecuario y el de construcción experimentaron una reducción en sus ganancias, las utilidades obtenidas evidencian su estabilidad y capacidad de resiliencia. Específicamente el sector agropecuario pasó de $2,33 a $1,38 billones y el de construcción de $2,42 a $2,10 billones.
En cuanto a la distribución de estas empresas por región, la mayor cantidad hacen parte de Bogotá - Cundinamarca, con una participación de 4.111 sobre el total de sociedades.
Es importante subrayar, que 228 de estas 9.000 empresas se encuentran en un proceso de salvamento empresarial lo cual representa tan solo 2,5% del universo del informe. Un total de 52 están en reorganización y 176 en proceso de ejecución. Estas sociedades han acudido a la entidad y su apuesta de salvamento empresarial que permite que las empresas no desaparezcan repentinamente, evidenciando así el esfuerzo tanto de empresarios y acreedores así, como, del Gobierno Nacional por mantener las empresas como unidad de explotación económica y fuente generadora de empleo.
El ejemplo de estas empresas que buscan el salvamento empresarial a través de los mecanismos que otorga la reorganización, se convierten en una guía para la pequeñas y medianas empresas que hoy representan 99,5% de las empresas formales en Colombia y generan 79% de la totalidad de los empleos. El Superintendente de Sociedades ha procurado que, así como sucede con las empresas más grandes, las pequeñas y medianas empresas identifiquen en la entidad un camino para la recuperación económica y el rescate de los empleos.
Por otra parte, más de 800 empresas de este conjunto de las 9.000 siguientes más grandes, han apoyado a la Superintendencia de Sociedades, diligenciando una encuesta que ha permitido establecer un diagnóstico nacional sobre el panorama de la sostenibilidad empresarial, este tipo de colaboración, más allá de la utilidad, da cuenta de una creciente voluntad por parte del empresariado para adoptar prácticas sostenibles que cumplan con estándares nacionales e internacionales que busquen alcanzar los objetivos de desarrollo sostenible y sobre todo que le permitan al país robustecer el tejido empresarial y dar seguridad financiera y ambiental a las miles de familias y comunidades que se ven impactadas por su actividad económica.
En términos generales, el comportamiento de las 9.000 empresas más grandes de Colombia es indicativo de un panorama positivo y es, al mismo tiempo, una invitación para que los empresarios continúen trabajando en la identificación de nuevas oportunidades de negocio que les permitan seguir creciendo y aportando al desarrollo económico del país.
Michael Hopf presenta un dicho inequívoco en su libro “Those Who Remain” y que explica perfectamente el fenómeno del crecimiento que se ha visto últimamente en la popularidad del comunismo en EE.UU.
Hace unas semanas leí sobre Alpha School, un modelo educativo que utiliza inteligencia artificial para personalizar gran parte del aprendizaje académico y dedicar más tiempo al desarrollo de habilidades humanas. No sé si ese será el colegio del futuro. Lo interesante es la pregunta que plantea: ¿qué debemos enseñar cuando el conocimiento deja de ser el principal factor de diferenciación? Durante décadas, la educación tuvo un propósito claro. La escuela transmitía conocimientos y la universidad formaba especialistas. En un mundo donde acceder a la información requería tiempo y esfuerzo, ese modelo tenía sentido. Hoy cualquier estudiante puede pedirle a una inteligencia artificial que explique un concepto, resuelva un problema o resuma un libro en segundos. Si la información dejó de ser escasa, la ventaja competitiva ya no será saber más. Será pensar mejor. Eso exige replantear nuestras prioridades. El pensamiento crítico deja de ser una habilidad complementaria para convertirse en el centro de la educación. No porque las respuestas hayan perdido importancia, sino porque ahora cualquiera puede obtenerlas. Lo realmente valioso será distinguir entre información y evidencia, identificar sesgos, conectar disciplinas y ejercer buen juicio cuando no existe una solución evidente. Los líderes más admirados rara vez son quienes tienen todas las respuestas. Son quienes hacen las preguntas que los demás no habían considerado. Saben simplificar problemas complejos, escuchar perspectivas distintas, cambiar de opinión cuando la evidencia lo exige y decidir aun cuando la información es incompleta. Esas capacidades no pertenecen a ninguna profesión en particular. Son el resultado de una formación amplia, de la curiosidad intelectual y de la disposición a cuestionar incluso las ideas propias. Si la inteligencia artificial obliga a replantear la educación, quizá el mayor cambio no sea tecnológico, sino filosófico: volver a enseñar a pensar. Curiosamente, esta transformación nos acerca a los grandes pensadores del Renacimiento. Estos no entendían el saber como compartimentos aislados. Leonardo da Vinci fue artista, ingeniero, anatomista e inventor porque comprendía que la innovación nace al conectar ideas. Los problemas que hoy enfrentan las empresas tampoco pertenecen a una sola disciplina. La inteligencia artificial, la geopolítica, la transición energética o el envejecimiento de la población exigen integrar tecnología, economía, derecho, psicología y ética. Formar líderes implica mucho más que desarrollar una buena capacidad analítica. También exige aprender a enfrentar la incertidumbre, asumir riesgos y entender que el fracaso forma parte del aprendizaje. Es allí donde se construyen el carácter, el juicio y la resiliencia. La inteligencia artificial puede reducir el esfuerzo necesario para aprender, pero no puede reemplazar las experiencias que forman el carácter. La discusión sobre la educación suele concentrarse en cuánto tiempo pasarán los estudiantes utilizando inteligencia artificial. La pregunta es más bien qué tipo de líderes queremos formar cuando todos tendrán acceso al mismo conocimiento. Las organizaciones y el mundo necesitan personas capaces de razonar con independencia, conectar perspectivas distintas, ejercer buen juicio, convertir la adversidad en aprendizaje e inspirar a otros para resolver problemas complejos. Esa ha sido siempre la esencia del liderazgo, y ninguna inteligencia artificial podrá reemplazarla