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Colombia transita en medio de un laberinto de valores, una torre de babel y un deterioro simbólico que fragmentan la comunidad de propósito que tenemos como país y la comunión de sentido que tenemos como nación. Está seriamente comprometida nuestra sostenibilidad democrática.
El cuidado de las instituciones que hacen de Colombia un país con Estado de derecho, con Estado Social de Derecho, no puede soslayar la reflexión, el diálogo y la acción con profundo calado y sustrato ético. El derecho tiene que ver todo con la ética.
Cuando la política y la sostenibilidad democrática de Colombia necesitan romper el corcho en remolino que imponen las relaciones perniciosas de poder arbitrario-servilismo acrítico, para poder avanzar a relaciones edificantes entre autoridad legítima-obediencia inteligente y creativa, tampoco se puede soslayar la reflexión, el diálogo y la acción con profundo calado y sustrato ético. La política, también, tiene que ver todo con la ética.
Sobre lo anterior es menester insistir por dos razonamientos que procedo a describir.
Primer razonamiento.
En Colombia es evidente que hay violencia y corrupción. Violentos y corruptos, logran cada vez más, infortunadamente, imponer, a las malas y con astucia, su propia agenda al país.
Pero, y en esto hay que ser enfáticos, la inmensa gran mayoría de colombianos son personas de paz y trabajo honesto, deseosas de que el potencial de sus valores y discretas prácticas cotidianas, pueda actualizarse y trascender, más allá de sus esferas íntimas y privadas, en el contexto de la vida política e institucional del país.
Estas grandes mayorías necesitan ser liberadas del yugo opresor que imponen unos cuantos violentos y corruptos, entreverados entre ellos, dejando al país ad portas de renunciar a su vocación democrática e institucional y claudicar ante las codicias de groseras formas de autocracia.
Segundo razonamiento.
La gran mayoría de voces con alta capacidad de impactar y orientar, o desorientar, al país, hacen mutis por el foro sobre las necesarias relaciones que deben existir entre la ética y la política, la ética y el derecho. Incluso, no faltan aquellos que, irresponsablemente y de manera estridente y populista, predican que la política y el derecho no tienen que ver en absoluto con la ética.
Estas voces, con sus palabras, gestos, acciones y omisiones, profundizan el laberinto de valores, torre de babel y deterioro simbólico en que se encuentra Colombia.
Es menester aprovechar la coyuntura electoral que empieza a vivir Colombia desde ya y de cara a las elecciones al congreso y la presidencia en 2026, para que asumamos de manera activa y responsable el poder constituyente que cada uno de nosotros representan, haciendo el necesario discernimiento ético para proceder a votar de manera consecuente con esos grandes temas que hoy están en juego para el futuro de la nación.
Una democracia sostenible debe serlo en lo económico, en lo social, en lo ambiental, en lo energético, en lo digital, en lo alimentario, en lo jurídico, en su seguridad y defensa, pero sin lugar alguno a una mínima duda, Colombia necesita sostenibilidad e inteligencia ética; es una tema de sentido común, de bien común.
La gratitud funciona como un botiquín de emergencia que no se guarda en el baño sino en el centro del pecho
Porque solo cuando el ruido baja y la máscara cae, aparece algo que hemos olvidado cultivar: una vida vivida con intención, no con reacción
Petro la percepción de riesgo de Colombia se ha deteriorado exponencialmente, y salir de ese hueco en que nos deja esta gente nos va a costar muchísimo. Pero bueno, también como dicen las abuelitas, esto es lo que hay y los errores se pagan caro en esta vida. Ojo con el 2026