Analistas 09/12/2020

Profundizando la competencia

Los economistas aprendemos en la universidad que, en general, la competencia en los mercados es la mejor forma de asignar eficientemente los recursos escasos de un país y de beneficiar a los consumidores al evitar rentas monopólicas.

En parte por esto, en las décadas anteriores, en un amplio conjunto de países la política pública implementó la apertura e internacionalización de la economía. Con esto, se quería justamente promover la competencia en los mercados, romper monopolios, reducir los precios al consumidor final, y garantizar la transferencia tecnológica en diferentes sectores para elevar los niveles de productividad total e incentivar el crecimiento económico.

Sin embargo, pese a que múltiples estudios empíricos y la experiencia asiática han corroborado que la apertura y el comercio internacional son juegos de suma positiva (generan, en promedio, más beneficios que perjuicios), las fallas de los gobiernos y de la política económica para facilitar las transiciones de los sectores afectados (de tradición fuertemente vocales) han llevado a que cada vez haya más voces antiglobalización y que promueven el proteccionismo.

En el caso de Colombia, pese a que hay quienes afirman que todo lo malo a nivel económico empezó con las reformas que buscaban la apertura de la economía a principios de los 90s, la verdad es que dichas reformas se reversaron parcialmente o tuvieron barreras para su correcta implementación y la apertura quedó incompleta (Edwards y Steiner, 2008). En la primera década de los 2000 se intentó profundizar nuevamente con la firma de más de 10 Tratados de Libre Comercio (TLCs), que cubren un poco más de 60% de nuestro comercio exterior, y con el mantenimiento de aranceles bajos.

No obstante, las cifras indican que el grado de apertura de Colombia (exportaciones + importaciones / PIB) es similar al de hace varias décadas. Dicho grado de apertura era de 31% a finales de los 80 y subió apenas hasta 35% en 2019, por debajo de 45% del promedio de América Latina, del nivel de Perú (47%) y muy lejos de referentes como Chile (57%) o México (80%).
Ante esto, si queremos elevar la competencia de los mercados y generar crecimiento económico (vital en esta época), una de las opciones es profundizar de verdad la internacionalización de la economía, que no significa necesariamente firmar más TLCs.

En cambio, se deberían, por el lado de las importaciones, reducir las llamadas barreras no arancelarias, que alcanzaban a 76% de los productos importados por Colombia en 2013-2014 (García, López y Montes, 2018), y que dificultan la llegada de bienes de capital a los sectores productivos, e impiden la transferencia tecnológica y la reducción de los precios al consumidor. Y, por el lado de las exportaciones, la estrategia debería pasar por diseñar una política de país que siga los pasos de países exitosos como Chile y Perú, que han logrado diversificar sus exportaciones más allá de los bienes básicos.

Obviamente, esto requerirá un muy importante rol del Gobierno Nacional, quien a través del gasto público deberá garantizar una adecuada transición para los sectores afectados por la competencia internacional y, además, tomar medidas que nivelen el campo de juego empresarial, reduciendo sobrecostos de transporte, laborales y energéticos que limitan la competitividad del sector privado exportador. Avanzar en este frente podría volvernos a llevar a crecer por encima del 4% real.