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Fue presentado en días pasados el libro “Gestión ambiental territorial”, resultado de un convenio entre la CAR y la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales de la Universidad Javeriana. Dirigido a la sistematización de lecturas locales de la situación “socioambiental” en Cundinamarca, el profesor Manuel Pérez y su equipo hacen, a partir de ella, una interpretación del papel de la sociedad civil rural dentro de la institucionalidad formal. Al escuchar y organizar los testimonios de centenares de representantes de organizaciones comunitarias con toda la subjetividad que cada uno implica, buscan establecer lazos con las condiciones objetivas de sus ecosistemas y se arriesgan a construir una visión de los fundamentos de la acción política campesina a mayor escala, tema fundamental para entender conflictos actuales de la ruralidad y proyectar las reformas requeridas, en gran medida correspondientes con el primer componente del acuerdo de La Habana.
La interpretación de la situación ambiental del departamento, hecha para contextualizar la acción de los centenares de organizaciones locales inventariadas que protegen o restauran los bosques, luchan por descontaminar quebradas o por producir comida más limpia, incluye comunidades que enfrentan proyectos de infraestructura o minería que consideran inconvenientes. Y si bien persiste en los autores una propuesta de búsqueda del “equilibrio de los ecosistemas en el departamento”, un concepto difícil de digerir, su visión de la degradación ambiental se basa en la convergencia de procesos de transformación física del territorio o sus elementos con procesos sociales y demográficos, y reconoce en la expansión de la demanda urbana de Bogotá un factor determinante.
Apuesta el trabajo por entender la participación como “procesos de resolución de conflictos ambientales” escalables mediante una propuesta de “sistematización participativa”, que nos acercaría cada vez más a la “construcción compartida de conocimientos”, el paso que no hemos sabido dar en el país de la multiculturalidad: combinar las visiones locales para construir una nueva concepción de nación. Faltan, por supuesto, muchos otros actores que tienen voces legítimas en los acuerdos sobre el territorio, pero el libro da voz a quienes poco acceso al diálogo equitativo han tenido.
La profusa presentación de iniciativas comunitarias de gestión ambiental, que se hace sin prejuicios, demuestra a la vez la creatividad en las respuestas de la gente ante la crisis, la diversidad de propuestas, la fe y la esperanza en un desarrollo que signifique bienestar, pero también apego a soluciones de cartilla, a la adopción acrítica de discursos prestados y a la urgencia de establecer vínculos con la institucionalidad formal, con los riesgos de cooptación politiquera que opera con tanta facilidad en un país donde campa la inequidad. Sorprende en las recomendaciones de la gente para sobreponerse a las limitaciones que encuentra su participación efectiva en la gestión ambiental del territorio, que no se concentren en la disponibilidad de recursos financieros, sino en el fortalecimiento de capacidades. La identificación que hacen las personas de sí mismas como el mejor instrumento de gestión ambiental es crítica, en ello se entiende su resistencia a mayores desplazamientos, su propuesta de desarrollo rural sostenible.
Se infiere como conclusión que la gente reclama consistencia y persistencia en las intervenciones acordadas en el territorio, y ubica en el Estado el mayor obstáculo para ello, pese a sus buenas intenciones: las personas gastan buena parte de sus vidas tratando de recuperar el sentido integral de la vida y en acomodar sus búsquedas en un modelo que las desgarra, junto con el tejido social. Es la gran esquizofrenia de una planeación sectorial autista y de un sistema de gobierno que con sus múltiples fachadas de autoridad no reconoce la diversidad, como demuestra el gran desastre de los procesos de ordenamiento territorial expresados en los POT.
La mayor esperanza de construir una cultura de la sostenibilidad está en movimientos sociales capaces de asumir, en paz, el gobierno de los territorios rurales en nombre de todos los colombianos, que dependen del buen manejo de sus servicios ecosistémicos. Entender lo que significa esta delegación implica una institucionalidad ambiental muy distinta a la que tenemos hoy. Pueda ser que la CAR no se arrepienta de haber propiciado este estudio.
Hay líderes que, mientras los indicadores son positivos, hablan de trabajo en equipo, confianza y propósito. Pero basta un trimestre difícil para que aparezcan el control excesivo
El régimen presidencial que se ha diseñado es fuerte. Por ese motivo, conviene limitar el tiempo de quien lo ejerce a cuatro años, sin posibilidad alguna de reelección. Es preferible disponer de instituciones fuertes a depender de líderes providenciales
Hace unas semanas leí sobre Alpha School, un modelo educativo que utiliza inteligencia artificial para personalizar gran parte del aprendizaje académico y dedicar más tiempo al desarrollo de habilidades humanas. No sé si ese será el colegio del futuro. Lo interesante es la pregunta que plantea: ¿qué debemos enseñar cuando el conocimiento deja de ser el principal factor de diferenciación? Durante décadas, la educación tuvo un propósito claro. La escuela transmitía conocimientos y la universidad formaba especialistas. En un mundo donde acceder a la información requería tiempo y esfuerzo, ese modelo tenía sentido. Hoy cualquier estudiante puede pedirle a una inteligencia artificial que explique un concepto, resuelva un problema o resuma un libro en segundos. Si la información dejó de ser escasa, la ventaja competitiva ya no será saber más. Será pensar mejor. Eso exige replantear nuestras prioridades. El pensamiento crítico deja de ser una habilidad complementaria para convertirse en el centro de la educación. No porque las respuestas hayan perdido importancia, sino porque ahora cualquiera puede obtenerlas. Lo realmente valioso será distinguir entre información y evidencia, identificar sesgos, conectar disciplinas y ejercer buen juicio cuando no existe una solución evidente. Los líderes más admirados rara vez son quienes tienen todas las respuestas. Son quienes hacen las preguntas que los demás no habían considerado. Saben simplificar problemas complejos, escuchar perspectivas distintas, cambiar de opinión cuando la evidencia lo exige y decidir aun cuando la información es incompleta. Esas capacidades no pertenecen a ninguna profesión en particular. Son el resultado de una formación amplia, de la curiosidad intelectual y de la disposición a cuestionar incluso las ideas propias. Si la inteligencia artificial obliga a replantear la educación, quizá el mayor cambio no sea tecnológico, sino filosófico: volver a enseñar a pensar. Curiosamente, esta transformación nos acerca a los grandes pensadores del Renacimiento. Estos no entendían el saber como compartimentos aislados. Leonardo da Vinci fue artista, ingeniero, anatomista e inventor porque comprendía que la innovación nace al conectar ideas. Los problemas que hoy enfrentan las empresas tampoco pertenecen a una sola disciplina. La inteligencia artificial, la geopolítica, la transición energética o el envejecimiento de la población exigen integrar tecnología, economía, derecho, psicología y ética. Formar líderes implica mucho más que desarrollar una buena capacidad analítica. También exige aprender a enfrentar la incertidumbre, asumir riesgos y entender que el fracaso forma parte del aprendizaje. Es allí donde se construyen el carácter, el juicio y la resiliencia. La inteligencia artificial puede reducir el esfuerzo necesario para aprender, pero no puede reemplazar las experiencias que forman el carácter. La discusión sobre la educación suele concentrarse en cuánto tiempo pasarán los estudiantes utilizando inteligencia artificial. La pregunta es más bien qué tipo de líderes queremos formar cuando todos tendrán acceso al mismo conocimiento. Las organizaciones y el mundo necesitan personas capaces de razonar con independencia, conectar perspectivas distintas, ejercer buen juicio, convertir la adversidad en aprendizaje e inspirar a otros para resolver problemas complejos. Esa ha sido siempre la esencia del liderazgo, y ninguna inteligencia artificial podrá reemplazarla