miércoles, 29 de abril de 2020

El país se precia de la ortodoxia de sus ministros de hacienda quienes han manejado la economía dentro de la misma obsesión de bajo déficit fiscal ¿aguantará el modelo en la pandemia?

EditorialLR

Hace poco un renombrado economista latinoamericano identificaba dos características de la economía colombiana: la primera era la sistemática devaluación el peso muy a pesar de que las exportaciones son las mismas desde hace varias décadas; y la segunda, que existe una sana obsesión por mantener un déficit fiscal muy bajo a pesar de la evidente desigualdad social y de las deudas crónicas en la infraestructura. Esas han sido los dos mantras de los reputados ministros de Hacienda colombianos a quienes se les ha reconocido mantener el PIB siempre en crecimiento, una inflación bajo control y una economía de mercado, pero con la llegada del covid-19 y teniendo en cuenta los estragos económicos que el virus está haciendo en todos los países del mundo, bien vale la pena revisar la cátedra que ha sido la piedra angular del país. El déficit fiscal ocurre cuando un gobierno permite que los gastos sean mayores que los ingresos en un lapso de un año; ahora, está claro que los gastos derivados del coronavirus serán millonarios dada la tragedia que experimentan varios sectores de la economía colombiana y que la obligada cuarentena es un mandato sanitario que borra de un plumazo a todos los consumidores de las calles.

El punto de reflexión tiene que ver con la pregunta de por qué “el santo temor al déficit” ha sido el cordón umbilical que une a los jefes de la cartera de económica; respuesta que debe ir más allá del simple hecho de que es una norma que los gobiernos debe ser pequeños, intervenir poco en los negocios y no gastar más de lo que recauda. No siempre fue así y varios países desarrollados de Europa que han alcanzado altos niveles de bienestar tienen otra explicación después de soportar el golpe directo de dos guerras mundiales y frecuentes crisis financieras que les ha obligado a repensar el paradigma u obsesión por mantener el déficit a raya. Ha hecho escuela (y puede ser cierto en el largo plazo) que las firmas calificadoras de riesgo, el club de las buenas prácticas y los vistos buenos de la banca multilateral sean los árbitros o rectores de todas las movidas macroeconómicas, pero nunca antes el país había tenido que sortear una situación como la que se apresta a vivir: una devaluación del peso sin control en más de $4.000; una resurrección de la inflación por encima de 4%; cerca de cuatro millones de desempleados, y asistir a la quiebra masiva de emprendimientos en los sectores más vulnerables como es el turismo y la hostelería. La Europa de la posguerra trabajó con altos déficit para reducir la desigualdad; reconstruir la infraestructura de sus países y con los años ir saneando sus cuentas. En pocas palabras: le perdieron el miedo al déficit impulsando el gasto en educación, salud e infraestructuras, eso sí, financiado con créditos e impuestos. Y para no ir tan lejos, Chile y Perú (los dos países más parecidos a Colombia) están enfrentando la crisis del covid-19 con mucho gasto que disparará sus déficits: Perú le meterá US$25.000 millones (12% del PIB); Chile US$16.700 millones (6,7% del PIB) y Colombia US$3.700 millones (1,2% del PIB). Los gremios económicos, las cámaras de comercio y los grupos empresariales deben tener una conversación muy sensata con el Gobierno Nacional para que se dé cuenta que no es el momento de mantener el miedo reverencial el déficit fiscal, máxime cuando el entramado industrial del país está desapareciendo.

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