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ANALISTAS ¿Será Isagen el nuevo Ferrocarril de Antioquia?
jueves, 16 de abril de 2015
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“Detrimento patrimonial” son dos palabras del argot burocrático colombiano que se han convertido en una especie de hechizo paralizante, que pronunciado en el momento adecuado, logra congelar en el acto cualquier iniciativa gubernamental.

Los aprendices de brujo en los medios, y por supuesto, en la política lo invocan frecuentemente cuando quieren que algo no se haga, con la inmensa ventaja de que no tienen que explicar por qué. Solo con pronunciar el conjuro se realizan mágicamente sus efectos. 

Esta vez el sortilegio ha recaído sobre la venta de Isagen. En un reciente debate en el Congreso, los opositores de la transacción han pronunciado las palabras encantadas, aunque lo cierto es que los argumentos hasta ahora presentados son bastante simplones.

Por ejemplo el siguiente, de un reconocido académico:  “decir que se trata de cambiar un activo por otro no es correcto, pues lo que se negocia en últimas son los flujos de caja del activo y, en este caso, aunque Isagen como activo seguirá en nuestro territorio, sus flujos de caja saldrán del país para nunca volver”. 

Pero resulta que sí es correcto decir que se cambia un activo por otro: en este caso una empresa generadora de energía por plata.

La valoración es la que se determina con los flujos futuros, los cuales se anticipan por parte del comprador, muy probablemente extranjero, quien los traerá a Colombia para pagarle al vendedor, el Estado colombiano, quién los dejará en Colombia.

Y el comprador no podrá llevarse la empresa a ningún lado porque empacar una hidroeléctrica en una maleta no es tan fácil, lo cual quiere decir que seguirá generando empleo y valor en Colombia durante todo el tiempo en que continúe la operación.

O este: “decir que los recursos recibidos por la venta serán usados para construir infraestructura de 4G no es preciso pues serán convertidos en créditos a los concesionarios” hasta que “este país desmemoriado olvide ese dinero y…su pérdida total, por cuenta de la siniestralidad de los concesionarios beneficiados”.

Mejor dicho, no vendamos Isagen porque vamos a prestar la plata y nos la van a robar, lo cual suena tan irrazonable como decir que la gente no debe pagar impuestos por que los políticos se los embolsan.  

Y qué tal el argumento expuesto por la ONG “Dueños de Isagen” que es mejor no vender la empresa por la devaluación del peso “pues mientras que con un dólar a $1.900 cualquier postor extranjero hubiera pagado US$2.600 millones en 2014, actualmente con dólar a $2.550 el giro en dólares equivaldría a solo US$2.000 millones. Un gran descuento para inversionistas extranjeros a costillas de los ciudadanos”.

Cierto si los ciudadanos colombianos vivieran en dólares pero no, viven en pesos, lo cual quiere decir que es indiferente la devaluación porque igual recibirán los $5 billones que vale la compañía, con dólar a $1900 o a $2550. 

Finalmente, los opositores argumentan que no se debe vender Isagen “por que hay otros medios de financiación, tales como mayor capitalización de la Financiera de Desarrollo Nacional o endeudamiento externo a las tasas de interés más bajas en muchas décadas”.  

Precisamente, la venta de Isagen es la forma de capitalizar la FDN, porque la plata no crece en los árboles. Y tomar deuda se justificaría solo si el costo de la misma es menor que el rendimiento del capital invertido en Isagen, lo cual no parece ser el caso.

En 1964 los antioqueños vendieron el Ferrocarril de Antioquia y con esos dineros capitalizaron el recién creado Idea, desde donde se han financiado las grandes obras del departamento. La generación de valor de esta transacción, polémica en su momento, hoy día es indiscutible.

Harían bien los opositores en recordar este precedente antes de certificar que la venta de Isagen constituye la dilapidación mas grande del patrimonio de los colombianos desde la perdida de Panamá.