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ANALISTAS Ser verdes y ricos
miércoles, 20 de abril de 2016
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Puede que este país no sea un país petrolero pero sí es un país que vive del petróleo. De esto no hay duda. O sino miren la correlación entre el aumento del crudo y la revaluación del peso, o las proyecciones fiscales frente a la volatilidad del crudo.

Es, en últimas, así de simple: con petróleo a US$100 la plata alcanza para conjurar paros agrícolas tirándoles billones de pesos, pero cuando el precio no llega a US$40, a los ministros les toca viajar a Davos en la silla 44D del avión lechero de Avianca. 

Sin embargo, durante los últimos años hemos hecho todo lo posible para no producir más petróleo. Le hemos cambiado las reglas tributarias a las empresas por lo menos cuatro veces, hemos establecido un kafkiano sistema para el otorgamiento de licencias, hemos creado toda clase de inflexibilidades laborales y, como si fuera poco, parecemos desconocer que explorar crudo en Colombia no solamente es una actividad de alto riesgo financiero sino también de alto riesgo físico. Aquí, a diferencia de la mayoría de países, secuestran ingenieros, extorsionan a las empresas, vuelan oleoductos, queman tractomulas y se roban la gasolina.

Para no hablar de una poderosa arma de destrucción masiva: la tutela, herramienta loable, pero abusada, que sirve para extraer derechos particulares, donde muchas veces no los hay, a costa de los derechos colectivos de todos colombianos.

El más reciente incidente de persecución a la industria petrolera ocurrió con la fallida licencia de exploración otorgada a la empresa Hupecol en la inmediaciones del parque Tinigua. Valga decir que la licencia no se otorgó dentro del parque, ni en la puerta de Caño Cristales, como parecería deducirse del histérico cubrimiento mediático, sino a 68 kilómetros de mismo, un poco menos que la distancia entre Bogotá y Anapoima.

Lamentablemente, una vez se apacigüe la fiebre mediática y pasemos al siguiente tema, como por ejemplo la última liposucción de Marbel, los problemas ambientales en la zona continuarán. Y es que el deterioro no proviene de la exploración petrolera o ni siquiera del licenciamiento de la minería legal.

Durante décadas la zona de La Macarena ha sido un botín ambiental explotado por guerrillas, paras y terratenientes. Los cultivos de coca en el costado oriental del parque llegaron a casi a las 100.000 hectáreas hace unos años y desde la suspensión de la aspersión vienen nuevamente incrementándose.

La ganadería extensiva, que se presenta así misma como inocua ambientalmente, claramente no lo es. Solamente una asociación de ganaderos, Ascal-G, de la zona del Guayabero, y que entre otras ha sido de las más vocales en contra de la licencia de Hupecol, se precia de explotar casi 350.000 hectáreas en ganadería extensiva.

Los ganaderos deforestan el bosque seco tropical, uno de los ecosistemas más amenazados del país, para reemplazarlo por 0,5 cabezas de ganado por hectárea, en lo que debe ser la actividad económica más absurda imaginable. Para no hablar de los monocultivos de palma, soja y maíz que se empiezan a extender en el costado norte de la reserva.

Tal vez el punto más relevante de esta discusión es que, a pesar de lo dicho anteriormente, actividades económicas como las descritas con anterioridad (a excepción de la coca, por supuesto) no son incompatibles con la conservación. Siempre y cuando se realicen de manera sostenible y con el cumplimiento de mínimos estándares ambientales es perfectamente posible respetar el medio ambiente y además extraer petróleo, explotar minas, criar ganado, cultivar palma y tener una robusta industria turística.

La experiencia en muchas regiones, como Alaska, el Mar del Norte, British Columbia, Patagonia y Sudáfrica es que existe compatibilidad, y hasta complementariedad, entre las actividades minero-energéticas y el medio ambiente. No podemos caer en la falsa dicotomía de tener que escoger entre las unas o las otras, como lo pretenden los extremos de este debate.

Podemos, con seguridad, ser verdes y ricos, porque entre otras cosas, no tenemos alternativa.