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ANALISTAS La paz es responsabilidad de todos
martes, 9 de abril de 2013
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Es un absurdo afirmar que existen colombianos de bien que no desean la paz porque tienen intereses creados. Ningún colombiano de bien desea que continúe el derramamiento de sangre, los discapacitados por las minas antipersonales  y el derroche de dinero en artefactos bélicos y sus municiones que serían mucho mejor empleados en educación, salud, infraestructura y desarrollo rural que requiere urgentemente el país.

 
Existen contradictores a la forma de lograr la paz pero no es posible que existan enemigos a que esta se logre. No podemos confundirnos ni ayudar a confundir a otros con afirmaciones falsas. 
 
La paz seguramente se va a firmar, así lo esperamos todos los colombianos. Esta paz tendrá que firmarse dentro de los parámetros de la constitución de las leyes. No se debe perder el tiempo en alcabalas y conjeturas de si va a cumplir o no con ellas pues se tendrá obligatoriamente que cumplir. Para esto están el congreso,  las cortes y el referendo que no permitirían que se dé si no cumple con los anteriores vigilantes de la ley y el orden constitucional.
 
Preocupémonos más bien  por aportar conceptos e ideas constructivas no solo para llegar a la paz sino para que esta tenga unos cimientos sólidos que le den perpetuidad. Estos solo serán posible con  bienestar económico, en primer lugar en el campo para detener la migración hacia los centros urbanos. Es más, el bienestar rural creará la demanda de bienes y servicios que disminuiría el desempleo urbano y consecuentemente su bienestar.  Circulo virtuoso que no ha recibido la atención que merece de parte de los economistas y los dirigentes.
 
Hagamos un alto en el camino a nuestras obsesiones, a nuestro orgullo, a nuestros odios, pensemos primero en el país que heredaran nuestros hijos. Esta es nuestra responsabilidad para con ellos. 
 
El acuerdo de paz requiere  no solo de firmas en papeles, requiere de un acuerdo de voluntades en la cual tenemos más responsabilidad los colombianos comunes y corrientes que el mismo gobierno o los mismos dignatarios que la firmen.
 
Tenemos que acrecentar nuestro nacionalismo. Tenemos que amar y respetar nuestro país y nuestra nacionalidad. No más intereses personales,  primero que los propios están los de nuestro país pues sin la seguridad nacional no existe la propia.
 
En los países que han logrado cierto grado de desarrollo existe una sociedad más igualitaria, más responsable con los que menos tienen.  No son sociedades comunistas, estas han fracasado estruendosamente. Son sociedades capitalistas pero con responsabilidad social. Son sociedades que han entendido que el bien común es prioritario sobre el personal porque simplemente el personal sin el común es de breve duración y a la larga no subsiste. 
 
Nuestra inconformidad ciudadana, para llamarla así, en un simplismo pragmático, nació de intransigencias partidistas, se convirtió en reclamaciones de justicia social, se alimentó de narcotráfico, paramilitarismo y bandas o combos de delincuencia común.  Ahora es una mezcla de todas estas. 
 
La violencia verbal - para llamarla por su nombre- de muchos de nuestros dirigentes, de nuestros partidos fraccionados, de nuestros empresarios egoístas, de hasta ciudadanos de a pie solo contribuyen a alimentar el desorden nacional y el irrespeto y falta de amor a nuestra patria. 
 
La consecuencia de esta violencia es la apertura de espacio a un populismo destructivo. El ejemplo lo tenemos patético en muchos gobiernos de Latinoamérica, hasta en nuestras propias capitales.