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ANALISTAS El mundo al revés
miércoles, 29 de abril de 2015
La República Más
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Érase una vez un país en donde las personas usaban sus autos para dormir y sus casas para trabajar; las empresas eran sus hogares y para desplazarse de un lugar a otro, utilizaban las palmas de las manos. La noche servía para las actividades de vigilia y el día era utilizado para dormir. La ropa la usaban para bañarse y vivían desnudos y sin ningún tipo de adorno en sus cuerpos. Morían en la niñez y nacían siendo viejos; lo que sentían lo expresaban y lo que pensaban era castigado de manera muy severa. Privilegiaban el sentimiento sobre la razón y era el sentido común y no la ciencia, lo que les permitía tomar decisiones sobre su vida cotidiana. Lloraban cuando estaban alegres y reían cuando estaban tristes; cenaban al levantarse y desayunaban una vez iba a finalizar su actividad diaria.

Lo anterior puede parecer absurdo e irreal, pero no está alejado de la realidad de nuestro país. Con la muerte rondando las calles; con la inseguridad como el pan de cada día; con los atropellos de las autoridades; con la corrupción en los funcionarios del Estado, con la desidia de los ciudadanos y con el abandono y la muerte violenta de tantos niños y niñas, pareciera que en Colombia viviéramos con el mundo al revés. Aunque frente a ello podrían identificarse múltiples alternativas de comprensión, una de ellas podría estar ligada al proceso de adquisición, desarrollo y asimilación de las pautas éticas que permiten que las personas prioricen el bienestar colectivo sobre el individual; es allí donde parece que algo ha fallado o que algo se ha extraviado en nuestra construcción social.

Podría decirse que la vida cotidiana cobra sentido cuando se pueden integrar los asuntos más profundos con los más triviales, las experiencias más significativas y trascendentes con las más pasajeras, y donde la tensión entre los opuestos se convierte en uno de los retos más importantes para la existencia. Sin embargo, cuando en una sociedad lo banal y lo ligero se imponen, la vida comienza a tomar un sentido diferente, e incluso realidades tan complejas como la desigualdad, la violencia y la muerte, se naturalizan y se convierten en temas que a nadie le interesan y que simplemente, se convierten en paisaje. 

El asesinato de cuatro niños de 4, 10, 14 y 17 años de edad en el Departamento de Caquetá durante la primera semana de febrero de 2015, y la mínima movilización social que ello despertó, ratifican lo planteado anteriormente. Una tragedia como esa, habría de generar en el país no sólo repudio sino respuestas de todas las instancias públicas y privadas, y tendría que detener el transcurrir de la cotidianidad de la nación y de sus ciudadanos. Sin embargo, más allá de los titulares de los noticieros y de la oportunidad amarillista de brindar detalles sobre su muerte, no se identifican alternativas tendientes a movilizar la opinión pública y generar reflexión sobre la violencia que se ensaña con los campos y las ciudades. La muerte de estos cuatro niños no puede ser exclusivamente un tema de redes sociales o de repudio a través de imágenes a las cuales se les da like o se les hace retweet. Ello debería poner en jaque nuestra posibilidad de pensarnos como una nación viable y como un lugar en el cual el respeto por la vida, la priorización del bien común sobre el bien individual, y el cuidado y defensa de los niños y las niñas, tienen poco sentido y se convierten en preguntas de segundo orden.

Mientras tanto, sigamos movilizándonos por los bombardeos en la Franja de Gaza, por la situación de inestabilidad en Venezuela y por la muerte de los caricaturistas en París, o para no angustiarnos mucho más de lo necesario, hagamos carteles deseándole a James su pronta recuperación de su cirugía o felicitando a nuestra nueva Miss Universo por su título. Que la sangre y la muerte en nuestras calles y en nuestros campos no nos quiten el sueño pero que el destino de nuestras reinas, actores y futbolistas, nos pongan a contar ovejas y a apretar los dientes. Ese es nuestro país en muchos momentos; una nación con unos ciudadanos que vivimos y construimos, un mundo al revés.