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ANALISTAS Educar para la salud mental
sábado, 1 de marzo de 2014
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La Organización Mundial de la Salud (OMS) define la Salud Mental como un estado de bienestar en el cual el individuo es consciente de sus propias capacidades, puede afrontar las tensiones normales de la vida, puede trabajar de forma productiva y fructífera y es capaz de hacer una contribución a su comunidad (2003). Se apela al desarrollo de la responsabilidad de sí mismo y al aporte que ha de generarse al medio en el cual se vive la cotidianidad. Ello, aunque bastante simple, es una tarea compleja de lograr y en muchos casos, una labor titánica para ser realizada por las personas en su vida diaria.

Aunque lo tradicional es ligar la salud mental a la psicología y a la medicina como profesiones y como disciplinas del área de la salud, tanto en lo concerniente a la generación de condiciones de bienestar y calidad de vida como al restablecimiento de éstos cuando aparece la enfermedad y la alteración, su construcción requiere de sólidos y continuos procesos que se estructuran desde la infancia y que han de mantenerse y revisarse a lo largo de la vida. La tarea no se agota en los consultorios ni en los grupos de apoyo, ni tampoco en campañas de prevención de la enfermedad o de promoción de la salud. Estos son elementos que pueden ser necesarios en un momento dado, pero que requieren de una base social sólida para tener efectos e impactos sostenibles en el tiempo.

La labor de la familia es fundamental para generar las condiciones propicias en las cuales, cada integrante sea consciente de sus capacidades, enfrente las frustraciones propias de la cotidianidad y brinde aportes significativos para su comunidad. Se espera que ella, independiente de su estructura y de sus condiciones socioeconómicas, se convierta en la base y el soporte para el desarrollo de condiciones de bienestar y de construcción de alternativas que sean favorables para el individuo y para los grupos humanos con los que interactúa.

El lugar de las instituciones educativas, sean estas del nivel de primaria, secundaria o de educación superior, en este proceso de construcción del concepto y de las prácticas asociadas a la salud mental, se convierte en el momento contemporáneo y en pleno auge de la sociedad del conocimiento, en algo vital y requerido. 

Gran parte del tiempo de los niños, adolescentes y jóvenes transcurre en las instituciones educativas y es allí en donde han de poner en escena sus habilidades para interactuar, para resolver sus dificultades, para superar sus frustraciones y para construir las condiciones de bienestar suficientes para su cotidianidad. La escuela ha de desarrollar las estrategias necesarias para que no sólo desde los conceptos, sino también desde las prácticas cotidianas, la salud mental sea considerada una prioridad y un asunto central en los procesos formativos. Más allá de los elementos académicos, la escuela, y la universidad como generadores de conocimiento y como validadores de prácticas y saberes sociales, han de favorecer que la salud mental, como estado de bienestar, se convierta en un asunto estructural de los procesos de enseñanza. 

Así como la familia, las instituciones educativas han de educar para la salud mental y de convertirse en garantes de dicho proceso. 

No es un tema exclusivo de psicólogos o de médicos, ni un asunto que sólo pasa por los consultorios; es un elemento que involucra la cotidianidad y que implica a todos los individuos y a todos los grupos humanos.