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HACIENDA

Para Gustavo Petro, nuevo presidente de Colombia, ganar era lo fácil, según Ferreira

miércoles, 22 de junio de 2022
Foto: Gustavo Petro, Colombia's president-elect, center, speaks during an election night rally following the runoff presidential election in Bogota, Colombia, on Sunday, June 19, 2022. Colombia is bracing for the prospect of a radical change in economic and political direction after electing a former guerrilla to the presidency on a platform of transforming the country's business-friendly model.

Aunque Petro obtuvo más del 50% y venció al magnate de la construcción Rodolfo Hernández, enfrenta una marcada oposición en un país donde la izquierda está asociada con la insurgencia armada

Bloomberg

Colombia acaba de romper con su pasado político, uniéndose a otros países de América Latina. Frustrados por décadas de desigualdad y descontento irresueltos, los votantes impulsaron no a uno sino a dos candidatos antisistema a la segunda vuelta del domingo, y luego respaldaron a Gustavo Petro, un exguerrillero y luego senador, para convertirlo en el primer líder de izquierda del país. Su compañera de fórmula, la activista ambiental Francia Márquez, será la primera vicepresidenta afrocolombiana, incluyendo la raza, las clases sociales y la pobreza rural en la agenda de un país que durante mucho tiempo ha preferido enfocarse en otros aspectos.

¿Cuál es el problema? Una cosa es que los candidatos de la oposición atraigan a las urnas a colombianos descontentos —además la participación fue mayor de lo que ha sido en años— pero otra muy distinta será gobernar este país fracturado en un momento en que las finanzas públicas están frágiles, las instituciones democráticas deterioradas y el país dividido. Tras observar las vicisitudes poselectorales del joven de izquierda Gabriel Boric en Chile o de Pedro Castillo —maestro de una escuela rural convertido en político— en Perú con sus gabinetes rotativos, se evidencia un solo camino: el presidente electo necesita construir puentes rápidamente para poder materializar aunque sea una parte de su ambiciosa agenda social y ecológica. Luego de un discurso posresultados lleno de ambiciosas promesas, las elecciones para su gabinete y los planes legislativos deben mostrar señales de pragmatismo y una mayor inclusión.

Los problemas que enfrenta son profundos. Colombia, como Chile, ha sido durante mucho tiempo una historia de éxito neoliberal, pero el progreso no se ha distribuido equitativamente, y estos fracasos, particularmente los altos niveles de informalidad en la fuerza laboral y la ínfima provisión social, se hicieron aún más evidentes durante la pandemia cuando se redujo la clase media y las familias cayeron en la pobreza. El malestar se desbordó el año pasado después de que una reforma tributaria fallida condujera a protestas generalizadas, contenidas de manera tan brutal que decenas de personas murieron. Los frutos del acuerdo de paz de 2016 que desmovilizó a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia también han sido ambiguos, ya que el presidente saliente, Iván Duque, se centró en modificar el acuerdo mas no en implementarlo o en las promesas de desarrollo rural que lo apuntalaban.

Como resultado, Colombia está más polarizada que nunca. Aunque Petro obtuvo más del 50% y venció al magnate de la construcción Rodolfo Hernández, enfrenta una marcada oposición en un país donde la izquierda está asociada con la insurgencia armada y donde perturba su admiración por el difunto líder venezolano Hugo Chávez. Su apoyo se concentró en la costa, en el sur y en la capital Bogotá, donde fue alcalde. El espectacular ascenso de Hernández, quien era poco conocido hace unos meses, dice mucho sobre la magnitud del sentimiento antiincumbente y anti-Petro.

Para tener alguna esperanza de éxito frente a la inflación global y otros vientos en contra difíciles de manejar, Petro debe inyectar una dosis de realismo en un programa electoral que raya con lo ingenuo. El proteccionismo no resolverá ninguno de los problemas de Colombia. Será difícil que sus cambios fiscales cumplan con las promesas de gasto que incluyen una cobertura de pensiones más amplia y empleos estatales para quienes no tienen trabajo, incluso cuando el desempleo ronda el 11%. Tiene razón al enfocarse en la transición energética, pero ¿cómo llenará exactamente el vacío de ingresos que dejarían los hidrocarburos una vez que se detengan las nuevas exploraciones y la estatal Ecopetrol se convierta en un productor de energía eólica y solar? El crudo sigue siendo la mayor exportación de Colombia, y los cambios repentinos pueden ser un golpe desagradable a la confianza de los inversionistas. Los activos cayeron cuando los mercados reabrieron el martes después de las elecciones. Adicionalmente, hablar de eludir el funcionamiento normal del Gobierno al declarar una “emergencia económica” es una visión miope y alarmante para una democracia ya vulnerable en la que pocos confían.

Para abordar los problemas socioeconómicos de Colombia a largo plazo —haciendo que el sistema tributario sea más progresivo y eficiente, por ejemplo, mejorando la productividad o gestionando la diversificación a la par de un alejamiento sagaz del petróleo y el gas— debería confirmar rápidamente como ministro de Hacienda al moderado José Antonio Ocampo, destacado economista y exministro de Hacienda y de Agricultura a quien ha citado como una opción potencial, o una alternativa de una lista que se ha planteado de candidatos respetados, tranquilizando así a los inversionistas. Al mismo tiempo, debe ganar apoyo en el Congreso, donde su partido tiene solo una minoría. Sus esfuerzos para ampliar la base en el período previo a la votación del domingo son alentadores, al igual que su plan para un “gran pacto nacional”, pero hay pocos detalles.

Cuando se enfrentan a las realidades del Gobierno, los líderes de izquierda en América Latina han sido razonablemente austeros y, más importante aún, han permitido que los bancos centrales hagan su trabajo, señala William Jackson de Capital Economics. Aun así, Jackson también indica que el riesgo de profundizar la polarización y aumentar la deuda se evidencia fácilmente.

Gimena Sánchez-Garzoli, de la Oficina de Washington para Asuntos Latinoamericanos, describe una combinación peligrosa de instituciones debilitadas por el covid y la Administración de Duque y una población que no está dispuesta a esperar pacientemente el cambio. El Gobierno es frágil, el acuerdo de paz no está consolidado y ya hubo protestas masivas el año pasado.

Para evaluar los riesgos que vienen con las expectativas excesivamente altas (y malas decisiones ministeriales), Petro solo necesita mirar a Chile, donde el índice de aprobación de Boric ha caído a apenas el 33%, aunque fue elegido a fines del año pasado con un margen superior al estimado —es la caída más abrupta en Chile en décadas—. Para lo que sucede si no se cuenta con una amplia base de apoyo, puede observar a Perú, donde Castillo ha superado varios intentos de destitución y nombrado a más de 50 ministros en menos de un año en la presidencia.

Petro tiene empuje en este momento y, potencialmente, apoyo internacional en una región que repentinamente se inclina más hacia la izquierda. Podría revitalizar una economía que necesita diversificación y reforma fiscal. Pero el éxito está lejos y la oposición pisa fuerte, aunque sus oponentes puedan querer considerar que esto es mucho menos una victoria de la izquierda que una derrota de un sistema que trajo crecimiento nacional, pero no progreso. Ese malestar no va a desaparecer.

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