martes, 5 de marzo de 2019

Cuando se aborda este tema se suele hacer énfasis en la necesidad de elaborar un presupuesto como instrumento de planeación y control de los gastos, buscando que los egresos no superen los ingresos

Javier Alonso Prada Rangel

El dinero, como recurso escaso que es, lógicamente se debe saber administrar, tanto a nivel corporativo como a nivel personal y familiar. Es clara y obvia esta premisa, pero, en el plano personal-familiar, ¿siempre actuamos en consecuencia?

Cuando se aborda este tema se suele hacer énfasis en la necesidad de elaborar un presupuesto como instrumento de planeación y control de los gastos, buscando que los egresos no superen los ingresos y, al mismo tiempo, se logren unas metas determinadas. Para el caso de una familia siempre se buscará un bienestar en función de: alimentación, vivienda, vestido, salud, educación, pensión, transporte y descanso. Pero, aquí ya podría surgir el siguiente dilema, ¿los ingresos alcanzan para cubrir todas estas necesidades básicas?

Dependiendo de la respuesta se deben tomar las correspondientes medidas sin afectar el bienestar familiar, procurando siempre generar un excedente con el fin de constituir un fondo de imprevistos (por ejemplo, desempleo) y/o para crear o incrementar nuestra riqueza (patrimonio).

Para esto último debemos entonces considerar posibilidades de inversión. ¿Inversión? Sí, ¡claro! Adquirir recursos con cierto valor monetario para generar un beneficio económico o de otro tipo, denominados activos. Ejemplos: adquirir un vehículo; si es para uso particular, solamente producirá gastos; pero si sirve para ofrecer servicios de transporte de pasajeros o de carga, sería un activo productivo, siempre y cuando sea bien administrado. De manera equivalente podríamos considerar la adquisición de un inmueble (vivienda, finca, lote, etc.). Estos ejemplos se consideran activos reales o físicos, sin embargo, también existen los activos financieros, como el clásico ejemplo de un certificado de depósito a término, CDT. Hoy en día a través de los fondos de inversión colectiva las personas pueden realizar inversiones en diferentes tipos de activos: inmuebles, acciones, divisas, renta fija, pagarés, libranzas, facturas, etc.

Todo esto suena muy bien, pero es solo una cara de la moneda. La otra cara, inherentemente, es el riesgo, que es la posibilidad (alta, media o baja) de que no se alcancen los resultados esperados en cuanto a, rentabilidad, generación de ingresos (caja), entre otros.

¿Es fácil? No. ¿Qué hacer entonces? Se pueden hacer varias cosas. La primera, presupuestar los gastos y ahorrar, evitando caer en el consumismo asfixiante que nos rodea a diario y en angustiantes e innecesarias deudas (pasivos). Lo segundo, educarse en finanzas personales y consultar a expertos de confianza. Tercero, fijarse y cumplir metas de inversión con base en el nivel de los ahorros. Cuarto, incorporar buenos hábitos financieros al comportamiento cotidiano de cada uno, que faciliten el ahorro y la inversión. En últimas, forjar, por nosotros mismos, una cultura financiera de ahorro e inversión, pensando no solamente en el bienestar individual, sino también teniendo en cuenta que de esta manera se construye un bienestar económico social.